viernes, 13 de enero de 2017

520: TIENE USTED DERECHO A GUARDAR SILENCIO

Por Ernesto Pérez Vera

Con la venia, señoría.

Suelen decir que me quejo por vicio de lo mal que funcionan demasiadas cosas en la comunidad policial. Anda que no he dicho veces que existe descoordinación policial entre cuerpos, cuando no incluso también entre unidades de una misma fuerza. Para eso este país es, posiblemente, el que mejor se las pinta, porque anda que no nos gusta nada robarnos servicios e información para apuntarnos el palote estadístico, aunque con ello se ponga en riesgo la seguridad ciudadana y la eficacia en la persecución del bien común. Si Santo Tomás de Aquino levantara la cabeza... Ni cosas que podría contar yo, sobre esto de pisarnos la manguera entre bomberos.


Pero también he despotricado de la descoordinación judicial existente tanto entre los juzgados de una misma comunidad autonómica, como, por supuesto, entre los órganos judiciales de otras regiones. Esto ha costado vidas humanas hasta de niños, así como violaciones, también de niños. Pero hoy he vuelto a descubrir otro espeluznante caso, que si no fuese porque hay un muerto de por medio, sería para que lo contase Gila. En mayo de 2014 falleció en Galicia un policía nacional como consecuencia de un delito de homicidio por imprudencia menos leve, o sea, sin querer matar. El óbito se produjo mientras el agente intervenía con un preso que se encontraba disfrutando de un permiso carcelario. Hasta aquí, nada fuera de lo normal, pero resulta que el menda, el chorizo que estaba de vacaciones fuera del talego, se encontraba en requisitoria: estaba en busca y captura, constándole, en las bases de datos policiales y judiciales, una Detención para Ingreso en Prisión, lo que en el argot se denomina un D.I.P. Descanse en paz José Manuel Pardo.


No hay más preguntas, señoría.

jueves, 12 de enero de 2017

POLICÍAS LOCALES EN PRÁCTICAS Y DESARMADOS

Artículo de opinión para Onda Cero Algeciras (11/01/2017)

Es tiempo de pensar con seriedad, aparcando el buenismo absurdo al que demasiados estúpidos se afilian de por vida. Porque si bien es cierto que el mundo no siempre es negro, sí que suele ser gris y rosa, a partes más o menos iguales

Por Ernesto Pérez Vera

Ni Berlín, ni París, ni Milán, esto es el Campo de Gibraltar, donde queramos o no también estamos en alerta 4 de terrorismo. Sabemos que el tunecino que mató indiscriminadamente en Berlín días antes de la Nochebuena, cayó a balazos en Milán. Su muerte, de la que yo me congratulo, llegó de la mano de un policía italiano que apenas llevaba un mes en prácticas. El muchacho logró abatir al hombre más buscado de Europa, cuando en vez de mostrar su documentación ante el requerimiento policial… empezó a disparar.

Este párrafo parece muy poco acertado para abrir el Balcón del Estrecho, menos aún después de haber visto blindadas nuestras cabalgatas de Reyes Magos. Pero he aquí la cosa que hila con nosotros, con los campogibraltareños en particular y con los andaluces en general. Y es que si lo de Milán se hubiese producido en Tarifa, en San Roque, en Córdoba o en Guarromán, por decir algo, poco o nada hubiese podido hacer el funcionario en prácticas, de haberse tratado de un policía local. Porque verán, en Andalucía, incomprensiblemente, los policías locales en periodo de prácticas no portan armas de fuego. Al ciudadano medio esto le puede parecer baladí, algo sin mayor importancia y sin trascendencia. Pero en absoluto lo veo yo así.

De un policía se espera que lo dé todo por todos, haya jurado ya el cargo o se encuentre ejerciendo sus funciones eventualmente. Y sin una pistola o un revólver muy poco resolutivo se puede ser en determinadas ocasiones. No ocurre a diario, pero a  veces hay recoger la sangre derramada.

Y es que todos estamos estrenando año a la par que policías estrena la comarca. En breve, tan en breve como dentro de un mes, las calles de Algeciras serán reforzadas con 11 nuevos servidores públicos vestidos de policías locales, pero armados exclusivamente con una porra, sin que durante los meses que duren las prácticas puedan defenderse a tiros, por más que la situación lo exija. La Línea, a lo largo de 2017, se verá en las mismas circunstancias. Esto a muchos de ustedes quizás les resbale, pero al tiempo que ellos no puedan defenderse a tiro limpio, tampoco podrán defenderlo a usted, a su hija o al vecino del quinto, si un terrorista aparece por la esquina de enfrente. ¿Recuerdan lo de Niza? Sí, un hecho calcado a lo de Berlín y al que todos estamos expuestos. Pues sepan que los que eliminaron al conductor del camión francés eran policías locales. Eso sí, todos tenían un yerro encima. Quiera Dios… que nadie tenga que desenterrar nunca este artículo de opinión.

Puedes oírlo aquí, justo después de una improvisada entrevista: http://www.ivoox.com/entrevista-ernesto-perez-vera-audios-mp3_rf_16123074_1.html

sábado, 7 de enero de 2017

HISTORIETAS DE FACEBOOK

Por Ernesto Pérez Vera

Viernes 6 de enero de 2017. Eran sobre las diez y media de la mañana, cuando una persona que no conocía de nada solicitó mi amistad en la red social Facebook. Como ya es costumbre en mí, giré este mensaje: “Hola. ¿Has solicitado mi amistad Facebook? Tengo una solicitud tuya. Un saludo. Ernesto”. Seguro que alguno de los que ahora están leyendo estas palabras ha pasado por este particular filtro, que no todo el mundo supera. Soy un malaje, qué le vamos a hacer.

Justamente dos horas después recibí esta respuesta, que ahora retoco con unas comas y unos puntos, para su mayor comprensión: “Si, he visto un cargador de pistola y he pensado, este es de los míos. Un saludo”. Un servidor, al leer tales comentarios, pensó que podría tratarse de un tirador o de un aficionado a las armas y al tiro. ¡Ah! Era varón, a tenor de la imagen pública expuesta en el perfil. Significar que su nombre no lo supe en ningún momento, al menos no por él, dado que se hacía llamar como un arte marcial, a nivel de nombre; y como una localidad madrileña, a nivel de apellido.

Así las cosas, cuando le pregunté si estaba ante un tirador, expresión justa y exacta por mí empleada al interrogar a tal respecto a mi interlocutor, fui espetado con: “Sí, soy ‘sniper’ y miembro de la Guardia Civil. Además de arma corta”. Qué chachi pirulí, me dije a mí mismo. Y claro, ya me conocéis, no me pude resistir: “¿En qué unidad estás?”. Respuesta: “Después de 24 años y de haber pasado por cursos UEI y 10 años en el GRS nº 1, de instructor y operativo, llevo 5 años en Cinológicos de Barajas, en Narcóticos. Dos cursos SWAT en los EE.UU., un curso de protección de vuelos con la UEI y otro con el U.S. Marshals”.

No me achiqué ante tan apabullante currículo. No es que las personas más cualificadas que yo no me imponga y generen respeto. Al revés, me imponen tanto que me vuelvo interesadamente avaro, a fin de tratar de aprender de ellas lo más posible. Pero en este caso, no sé por qué, algo me decía que había gato encerrado. En fin, le confesé que conozco a varios funcionarios que están o han estado destinados en la UEI, rogándole que me dijera en qué años estuvo él allí, obviamente, faltaría más, si podía y quería decírmelo. También metí los dedos en la cuestión del SWAT, pues en los EE.UU. hay cientos de unidades con ese mismo nombre. Soy un preguntón, porque los años y los embustes me han hecho ser desconfiado.

El hombre, en vez de mandarme a tomar aire fresco, me respondió a todo. Pudo no hacerlo, pero leches si él era el que me pedía amistad, qué menos que me contara algunas cosas sobre él, ¿no? Yo lo hago, cuando me lo piden. Me dijo que había hecho dos cursos de la UEI. Esto me hizo pensar que quizás nunca había estadio en tan selecta unidad especial de la Benemérita, toda vez que repetir el curso indica que el primero, al menos, nunca fue superado. Y sobre la unidad yanqui con nombre de película taquillera: “Estuve con el mayor Omar Martínez Sexto y con el teniente Fernando Bandini, de SWAT de Los Ángeles. Luego he estado con Cris Costa, Ludus Costa”. Joder, qué envidia, qué pelotazo de tío.  

El muchacho, y le llamo así porque no sé cómo se llama, al menos no lo sé por él, dado que nunca se identificó, tal vez por aquello de salvaguardar la seguridad nacional, se hartó de mí y empezó a formularme preguntas. Normal. La primera fue “¿eres compañero guardiacivil?”. Como ni soy guardia ni suelo mentir demasiado, le dije la verdad más verdadera que pude, que no soy miembro del benemérito instituto, sino un mero ciudadano particular. La verdad, vamos. Mi sinceridad, lamentablemente, decepcionó al karateka: “¡Ah! Creía… Cómo te vía puesto, pensé que eras militar”. Qué quieren que les diga, me partió el alma: desde niño pegando tiros, entrenando, probando materiales, técnicas y tácticas; y leyendo y estudiando, y resulta que solo siendo soldado podría haber llegado a aprender algo. Qué pena de mí, por Dios.

Y puestos a seguir diciéndonos cosas el uno al otro, lancé este bombazo: “Los militares no son precisamente los que más saben de según qué cosas, al igual que tampoco la generalidad de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad”. Menudo leñazo tuve que endiñarle con mi manifestación, pues entramos en el cuerpo a cuerpo dialéctico. “Bueno, bueno… A ver si ahora los civiles van (seguramente quiso decir vais) a estar mejor preparados. ¿Experiencia en combate, asaltos reales, intervenciones policiales…?”, me escupió el francotirador. Puesto que para este señor solo un militar puede saber sobre las cosas que él antes creía que yo sabía (me dio que me veía puesto), pues me tocó las pelotas. Al principio escribió que yo era de los suyos, porque había visto fotos mías con armas y un cargador de pistola en mi perfil de Facebook. Pero está claro que no soy de los suyos, porque no soy militar. Y menos mal que no soy de los suyos, porque quien cree que solo los soldados pueden saber de tiros, de cartuchos y de armas, otorgando maestría y experiencia el hecho de lucir un uniforme, demuestra ser un imbécil redomado que no sabe una mierda de nada. En fin, claudiqué reconociendo que soy un ignorante.

Nos enfadamos un poco. Aunque, sinceramente, yo empecé a tildarlo de fofito, dedicándole provocativas risas. Como dice el gran filósofo andaluz Chiquito de la Calzada, una mala tarde la tiene cualquiera, y yo el día de Reyes contaba con muy poco carrete. Antes de abandonar la conversación y de bloquearlo para zanjar rápidamente aquella absurda lucha de machitos que nos traíamos los dos, me regaló esto: “Vamos a ver, al tener conocidos en la UEI, pensaba que eras guardia civil. Y seguro, seguro, que no sabes más que un militar de carrera. A ver si después de 24 años pegando tiros me van a enseñar muchas cosas. Algo podré aprender, y de todos se aprende, pero de los militares. Que me dé clases un civil… Y estudia y preséntate a la academia y así sabrás algo”. En mi último consumo de tiempo absurdo, antes de almorzarme un codillo de cordero, admití: “Tienes razón. No sé nada: no soy ni militar ni policía. Lamento que te hayas equivocado al creer que yo sabía, creyendo que era militar de carrera. Lo siento, no soy del SWAT ni nada de nada. Tú tienes una levantera que no veas”.

Y todo esto porque no soy militar y por decir que ni los militares ni los policías son siempre, per se, expertos en según qué cosas. No me dio tiempo ni a especificar a qué cosas me refería y, por supuesto, en ningún momento traté de darle clases de nada a nadie. Por cierto, parece que suspendió dos veces el curso de acceso a la UEI y que hoy es tan civil como yo, porque está tan jubilado como yo.

Feliz 2017.

jueves, 5 de enero de 2017

¡¡¡Feliz día de Reyes!!!

No se lleva. De todos es sabido que no está de moda ser creyente, tradicional y monárquico, pero a estas alturas de la vida uno no pude cambiar tanto. Un poquito sí se puede cambiar, hasta bastante, pero no completamente. La cosa es que, por todo lo anterior, hace unos minutos he sido agasajado por sus majestades los Reyes Magos. Y es que los mágicos monarcas de oriente me acaban de entregar un pedazo de regalo, proveniente de levante: desde Valencia, según delata el envoltorio de la tienda Mildot.

Se trata de una chaqueta táctica Artaxes, de la marca Pentagon. No es una chulada, que también; es que es de una calidad increíblemente asombrosa. Quien puso el presente en el saco de los pajes, sabe que este tipo de prendas no las consumo para ir a pegar tiros, por lo que incorporaré la chaqueta a mi vestimenta diaria, para mezclarla con los pantalones vaqueros y hasta con los zapatos Castellanos, si encarta, que para eso uno es una ‘rara avis’. Cuando la chaqueta ya sea parte de mi vestuario diario, entonces sí podrá venir conmigo al campo de tiro. ¡Qué rarito soy!


¡¡¡Feliz día de Reyes!!!

lunes, 19 de diciembre de 2016

SOBRE UNO DE LOS MUCHOS JEFES DE POLICÍA QUE NO CREEN EN LA POLICÍA

Por Ernesto Pérez Vera

No seré yo quien defienda a los sindicalistas de sector laboral alguno, menos aún a los de la Policía, trátese de la fuerza que se trate. Tengo mil motivos personales y profesionales para obrar con desconfianza, si bien no viene a cuento pormenorizarlos. La cosa es que ha llegado a mis manos el acta de una reunión sindical celebrada entre un gran jefe de un cuerpo local y varias plataformas sindicales. Pongamos que hablo de una plantilla con más de mil funcionarios y de una de las principales capitales del país.


Pues verán, leyendo el acta he llegado a un punto en el que el preboste es preguntado respecto a la tardanza en el reparto de los chalecos de protección balística, algo que urge, en opinión del sindicalista que puso el tema sobre la mesa. A lo que el ilustre gerifalte contestó que “el retraso se debe a la propia tramitación del procedimiento administrativo”. Hasta ahí, todo normal, lógico y hasta asumible. Pero la bofetada gorda viene ahora, cuando el señorito defiende la tesis, tan absurda como quien la postula investido de estupidez e ignorancia, de que “los policiales locales no somos el primer grupo que acude a una intervención frente a un atentado terrorista, aunque nos lo podemos encontrar”.  Toma ya, sin vergüenza ni anestesia. ¿Vagancia cerebral, quizás? Este hombre habla de encontrar, mas yo me pregunto quién lo encontraría a él, para luego endiñarle un puesto tan bien remunerado.

No solo es falso que la Policía Local no aparezca en intervenciones terroristas, sino que a veces es, lo sepa o no lo sepa el intendente de marras, la primera fuerza en personarse donde están produciéndose tiros o bombazos. Porque a ver, si bien es cierto que por lo general los agentes locales no penetran en lugares cerrados en busca de terroristas, como efectivamente hacen las unidades especiales de determinados cuerpos, del mismo modo es verdad que cuando los ciudadanos piden socorro ante la detección de disparos, nadie deja de correr para preguntarle al tirador si es un demente fugado de la loquería; si es un cornudo con los cables cruzados, porque su mujer se la da con el vecino; si es un atracador que huye con su botín; o si es un moro en con ansias de fornicar con sus correspondientes vírgenes inmortales.

Pero dicho todo esto, ¿no participan los municipales en controles de tráfico en los que pueden comerse el marrón de parar a un terrorista que va o viene de hacer de las suyas? ¿Y si en el control entra un hijoputa que no es yihadista, pero que también es capaz de matar porque le sale de los cojones? Pero es que voy a más, ¿no hay decenas de policías locales formando parte activa de los dispositivos especiales de la Semana Santa, de la feria y de las fiestas de Navidad, por la sana razón de que miles de vecinos se entregan al disfrute de la calle.

Eso por no hablar de algo que perdura durante meses y meses, como son las entradas y salidas de los colegios, donde hay que regular el tráfico todos los días, en medio de una marabunta de profesores, de padres, de abuelos y de alumnos. Por cierto, en más de un país amenazado por ISIS se han cometido atentados en las puertas de los colegios, principalmente en los judíos y cristianos. Así que sí, señor intendente, su gente se come todo eso y mucho más, por lo que, estemos o no en nivel 4 de alerta terrorista, es más que conveniente que usted no eche tierra sobre las siglas que le dan de comer. Esto pasa, como es natural, cuando los que mandáis no sabéis que no sabéis. O sí, porque algunos sí sois conscientes de vuestras miserias, solo que plin, que lo que interesa es el montante fijo de fin de mes.


A la mente me viene el caso de aquel policía municipal de Madrid que pereció al estallar una bomba colocada por ETA, que aunque no estaba destina al fallecido, sí que formaba parte del cordón de seguridad establecido al efecto. Por citar algo más cercano en el tiempo, porque lo otro sucedió en 1995, recordar los incidentes parisinos del año pasado, en los que una agente de la Policía Municipal fue acribillada por un terrorista, cuando éste huía después de haber matado a otras personas, varios patrulleros incluidos. Sí, la France no es esto, lo admito, pero sus cuerpos locales tienen competencias y estructuras muy similares a las nuestras, como quedó patente en Niza: fueron municipales los primeros funcionarios en responder contra el atropellador del camión. Y fueron municipales porque, ¡voila!, aquello se produjo en el curso de la celebración de una fiesta, la Nacional, donde miles de personas se apoderaron de las calles, como aquí sucede en Semana Santa, en feria y en Navidad. ¿Le suena, caballero?

Pero a ver, vamos a ser sinceros del todo, a un tío que opina tal cosa y que encima la casca tan frescamente, es que la Policía le importa un carajo muy grande. Pero ojo, igualmente podría decir cosas sobre los sindicalistas que usan estos temas como mera munición de presión sindical, sin que en el fondo sientan nada por la profesión y sus funciones. Pero en este caso ellos juegan de buenos, así que venga, a seguir, que hasta aquí llego hoy.

lunes, 12 de diciembre de 2016

EL CALOR DEL PLOMO CONTRA EL FRIO DEL ACERO

Por Ernesto Pérez Vera

Estamos acostumbrados a ver espectaculares filmaciones policiales procedentes de Estados Unidos y de Brasil. También nos llegan vídeos desde otros muchos puntos del globo, pero lo cierto es que los mejores suelen estar grabados en aquellos lares. Esta vez se trata de una grabación casera made in Iran, y no es la primera intervención iraní con la que me topo en las redes sociales.

Este vídeo debería hacernos meditar, a todos, sobre la conveniencia o no de seguir consumiendo la coletilla dialéctica y literaria ‘apuntar a partes no vitales’; archimanida expresión que, todo hay que decirlo, es utilizada normalmente como atractivo y eficaz recurso para tratar de cubrirnos el culo, cuando instruimos diligencias tras pegarle un taponazo a alguien. Porque a ver, si bien es cierto que muchas veces se puede apuntar con la pistola en el fragor de un evento a vida o muerte, en otras muchas ocasiones resulta imposible hacerlo, sobre todo si el que se defiende es acometido a corta distancia y por sorpresa. Pero apuntar supone enrasar perfectamente los elementos de puntería, para luego sobrecolocarlos en el punto de impacto deseado. Esto quiere decir que sabiendo hacer tal maniobra, que a priori parece no resultar extremadamente complicada, cualquiera podría ser campeón olímpico en cualquier modalidad de tiro. ¿No?

Pero claro, aquí estamos hablando de la realidad de la calle, de disparar contra animales bípedos de la especie Homo sapiens y no contra papiros diseñados para ganar trofeos deportivos, algo que cuando se lleva a cabo, me refiero a tirar contra semejantes, es porque el blanco humano está generando serios e inminentes peligros, además de estar, casi siempre, en pleno movimiento. Esto, sin olvidarnos de que el agente que se defiende también tiende a desplazarse, esté o no disparando ya contra su oponente. Ante el miedo, los sanos de sesera y de psicomotricidad nos entregamos a la biomecánica para que el garrotazo, el machetazo o el balazo no nos toque o para que lo haga con la menor lesividad posible, como norma general mientras nos damos por pies, aunque sea unos instantes. Tal vez muchos ignoren que ante hechos de esta naturaleza podemos quedarnos petrificados, o sea, emocionalmente bloqueados. Y es que, como dice el filósofo contemporáneo andaluz Chiquito de la Calzada, una mala tarde la puede tener cualquiera.

Considero que ni siquiera un buen tirador olímpico puede garantizar ser capaz de apuntar con claridad a punto anatómico alguno, a la vez que el objetivo y él se encuentran en movimiento, pese a que la distancia sea escueta. Insisto en que mucho menos, aún, si el envite se produce sorpresivamente, hallándose el arma todavía enfundada. Dicho esto, apuntar a las llamadas partes no vitales es tarea casi imposible de asegurar cuando se producen eventos vitales de gran magnitud, si bien las personas adecuadamente entrenadas podrían colocar ahí sus tiros sin apuntar y con una pizca de buena suerte, aunque no sean tiradores de competición. Pero a todo esto hay que añadir, encima, el hecho de que las zonas corporales definidas como no vitales, son porcentualmente de pequeño volumen, comparadas con otras áreas del mapa humano.

Con lo anterior no quiero decir, en modo alguno, que nunca se pueda impactar en los trenes motores. Naturalmente que se puede: a veces se logra por puro azar, se esté o no bien adiestrado, lo que conlleva la posibilidad de errar el tiro en un cincuenta por ciento de las ocasiones; y otras veces se logra gracias a que la situación no ha despertado en el defensor el coctel biológico y hormonal propio del estrés de supervivencia, ese que ante la percepción de un riesgo grave desata reacciones autónomas a nivel neuro-psico-fisiológico, que rara vez permiten conservar bastante capacidad mental de concentración y buena disposición ocular para que el cristalino enfoque el alza y el punto de mira. Asimismo, pude ocurrir que la fisiología no afecte brutalmente a quien, aun defendiéndose, no sea del todo consciente de la gravedad del momento. Pero también puede suceder que una persona muy adiestrada y con vasta experiencia en combate, retrase, durante el tiempo suficiente, la afectación de los primeros signos fisiológicos negativos (otros son positivos).


Discúlpenme por tan amplias consideraciones personales. Voy a céntrame, ya, en la actuación del policía de Teherán que disparó contra el atracador de un banco, cuando éste trataba de fugarse blandiendo un arma blanca, desde no más de dos metros de separación. Aunque el inicio de la filmación recuerda al juego infantil del pillapilla, el fondo de todo lo visionado es muy serio. Desconozco por completo el ordenamiento jurídico de la República Islámica de Irán, pero de haberse producido este incidente en tierras ibéricas (qué buen jalufo), la respuesta del funcionario no recibiría, a mi juicio, reproche judicial alguno, por más que los agoreros de vocación digan que sí. Lo que hay que hacer es leer menos titulares de prensa y estudiar más sentencias judiciales, jurisprudencias incluidas



Pero el tuétano de este artículo no está en la necesidad racional de abrir fuego, pues me reitero en lo oportuno y necesario de tal medida, dado que el agente carecía de otros medios más eficaces para neutralizar, con eficacia, el riesgo inminente que sugería el cuchillo, teniendo en cuenta que incluso había conminado al delincuente hasta la saciedad. Significar que el legislador patrio solo utiliza la palabra ‘proporcionalidad’ en atención al potencial riesgo que generan las armas usadas en la coetánea acción de atacar y defenderse, puestas unas armas frente a las otras. Así que qué más pedirle al funcionario, porque dejar huir a un criminal no es una opción aceptable para quien, como policía iraní o pamplonés (qué buen chorizo por allí), está legalmente obligado a hacer lo que hay que hacer, cuando hay que hacerlo, aunque cueste trabajo hacerlo.

La sustancia está, desde mi punto de vista, en que el tirador siguió el protocolo legal y del sentido común, creo que con la suficiente profesionalidad, porque no solo hizo todo lo antes expuesto, sino que, para colmo, no dirigió su proyectil hacia donde se supone que estaban las partes vitales. Sin embargo, el malhechor perdió la vida aun siendo alcanzado en una pata, órgano presuntamente no vital, a tenor de lo que reflejan los temarios y manuales destinados a los policías y vigilantes. El malo murió, como otros muchos más (también no pocos servidores públicos y hasta toreros y accidentados de tráfico), por serle destruida una artería, concretamente la femoral. Así que eso que se dice por ahí tan a la ligera, sobre que tirar a una pierna o a un brazo no mata, es una trola tan gorda como peligrosa. Una mentira más, en este suma y sigue de despropósitos coleccionables. Y lo dice quien a cara de perro le metió dos semiblindados en el mismo muslo a un malnacido, la noche le tocó hacerlo. Eso sí, aquella madrugada ninguna arteria se vio afectada por el calor del plomo.

Dios me libre de abogar en el sentido de no dirigir los tiros a las extremidades, entre otras razones porque ello suele ser un importante indicio, de cara a la defensa judicial, de no querer dar, por ejemplo, en el pecho, en la columna vertebral o en la cabeza, donde a todas luces se ubican, sin discusión alguna, órganos verdaderamente vitales. Pero hay que recordar que apuntar no siempre resulta una acción fácil, por lo que pienso que es más coherente manifestar ‘dirigir’ el tiro que no ‘apuntar’ el tiro, vocablo, este segundo, de más abstracta interpretación a la vez que de más ajuste a la realidad.

Del mismo modo, el personal tiene que saber que los disparos dirigidos a las piernas y a los brazos son difícilmente colocables en el curso de una confrontación armada, lo que suele dar pie a tiros errados y a daños colaterales; pudiendo acabar las balas, igualmente, en el tronco del adversario, a poco que las partes se hallen en movimiento y estresadas. No obstante, muchos lesionados en las extremidades sobreviven a sus heridas, por lo que considero que si la intervención no exige con clamor neutralizar fulminantemente la amenaza, hay que intentar plomearlas. Ahora bien, ha de tenerse presente que la caída del antagonista puede sobrevenir en los siguientes lapsos, siendo los dos últimos los más frecuentes en casos de heridas por arma corta, cuando alguno de los trenes motrices son impactados:




      a)      Inmediata o instantáneamente (efecto derrumbamiento)
      b)      Mediatamente (entre uno y dos segundos)
      c)      Demoradamente (entre cinco y quince segundos)
d)     Tardíamente (más de quince segundos)            (Óscar Enrique Vanzetti (médico forense). La incapacitación inmediata por el trauma balístico. La Rioja. Argentina. 2010)


Por último, el tema del torniquete. El tío perdiendo sangre por un tubo, hasta morir desangrando, y el policía sin saber qué hacer o sabiéndolo no lo hace. Y es que conocer técnicas básicas de taponamiento y control de heridas, en pos de impedir hemorragias, puede suponer la diferencia entre vivir o morir, tanto si el que la está palmando es el malo, como si es un compañero de fatigas, como si es uno mismo.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

EL ENEMIGO EN CASA

Por Ernesto Pérez Vera

Oye, pero qué triste tiene que resultar sentirse miserable durante el ejercicio de la profesión que uno mismo ha elegido. Debe ser muy lamentable saberse incompetente. Pero mucho más desagradable debe ser que tus propias acciones, o inacciones, te lo recuerden a diario. Parece que esto no le sucede a los afectados por el extendidísimo síndrome de Dunning-Kruger, ese que contamina y nubla la percepción de la realidad de quienes lo padecen, hasta el punto de hacerle creer a un ario teutón que es un mandinga guineano, solo porque quiere verse entre las pierna un enorme miembro viril, del todo inexistente. Llevándolo a lo mío, al terreno en el que siempre me he movido, laboralmente hablando, esto es lo que le sucede a un consumado inútil con placa y pistola, al verse a sí mismo, en el espejo interno de la mentira, como un perfecto híbrido entre el ranger Cordell Walker y el teniente Horatio Caine, aquel de la afamada teleserie norteamericana CSI Miami.

Los hay a porrillos, digo que si los hay, tanto los unos como los otros, en todos los cuerpos de policía. En todos, sí, en todos. Y hablo de este gremio porque es, posiblemente, el que mejor conozco, si acaso no es el único que conozco. Y no recurro al género femenino para mis ejemplos, para así no ser tachado de cosas feas, por gente rara, retorcida y radical, normalmente muy fea. ¡Ea!

La reciente conversación mantenida con un policía acabadito de ascender a oficial, empleo que en algunas instituciones se denomina cabo, me ha demostrado esta mañana que, por muy loco que uno esté, porque sin duda tengo dado un toquetazo, no me equivoco en demasía al trazar perfiles profesionales de funcionarios de porra en ristre. También fallo, no crean, que no pocos congéneres me la han dado con queso, aunque a veces para bien. Menudas sorpresas me he llevado, tanto para arriba como para abajo. Dudo que esto, que ahora mismo estoy escribiendo, vaya a ser leído por el personaje en cuestión. Lo dudo, pese a que le he entregado, personalmente y en mano, una tarjeta de visita en la que constan, además de mi número de teléfono, mi dirección de correo electrónico y el nombre de mi blog; blog en el que, como es natural, primero serán publicadas estas letras.

Verán. Resulta que un amigo mío, dedicado a labores que nada tienen que ver con la seguridad, quería tomarse hoy un café conmigo para, de camino, presentarme a otro amigo suyo, de él, con quien antaño compartió años de estudios. O sea, quería que conociera a un excompañero mío, al referido oficial, del que hasta hoy solo había oído hablar mucho y muy bien. Mi colega, con quien durante años he conversado sobre todo tipo de asuntos, principalmente sobre armas y cartuchería, porque le gusta el tema y además practica tiro deportivo con pistola, llevaba años hablándome de Luis, como ficticiamente voy a llamar al flamante cucales, que es como tradicional y vulgarmente llaman a los cabos en la Legión española. Porque, por cierto, este amigo mío, hoy ingeniero civil muy bien posicionado, estuvo seis o siete años en un tercio africano; quiero decir que sirvió como legionario en Ceuta o Melilla, punto que no quiero precisar, para no dar demasiadas pistas a los más sagaces lectores.

Pues bien, el exlegionario me vendía a Luis como una máquina. Me decía que era un tío duro, fuerte y musculado, pero muy buena persona; y que, sin duda, me iba a gustar conocerlo. Por momentos me pareció, después de tanto mentarlo, que quisiera vendérmelo. Yo qué sé, ni que yo fichara policías para nutrir unidades especiales o algo así. No paraba de decirme que “tiene una masa muscular impresionante” y que seguro que daba hostias como panes. Igualmente insistía en que está muy preparado de libro, cualidad que él sabe que siempre valoro, más que nada si está bien marida con el compromiso y el buen hacer en la calle. Me di por informado, también, de que tiene un gran currículum profesional, porque, como decía mi pesado amigo, había realizado tropecientos cursos policiales.

Estas son, y no otras, las cualidades y características más destacadas y sobresalientes del nuevo oficial de policía, según parece. Y oye, a priori, no están nada mal. Pero espero que mi interlocutor sea tan buen amigo mío como lo es de Luis, porque, qué quieren que les diga, Luis me ha parecido, una vez mantenida una charla con él, un ser absolutamente pusilánime, carente de toda motivación y vocación policial. Por no tener no tiene ni puta idea de un montón de cosas que debería conocer y dominar, no ya como reluciente cabo sino como mero policía. Pero claro, esta es una percepción muy personal, por lo que a buen seguro puedo estar equivocándome en cuanto estoy diciendo, y en cuanto todavía me queda por decir. Sigan leyendo, sigan; verán qué perlitas.

¡Ah! No crean que mi amigacho no ha sido puntualmente informado sobre este parecer mío: tan pronto terminó el desayuno y cada uno nos fuimos por donde habíamos llegado, le giré una llamada telefónica para, sin pelos en lengua, decirle lo que pensaba del gran cucales. Ojo, no quería herir sus sentimientos, pero tampoco podía volverme a casa tan tranquilo, así sin más. Lo allí vivido, lo oído, merecía un veredicto in voce.  Tranquilos, hay confianza. La semana que viene volveremos a desayunar juntos, esta vez sin la compañía del oficialito, que al hombre ya se le están terminando las vacaciones, teniendo que regresar, por tanto, a su provincia de destino, la cual casi se sale de nuestra Andalucía. Por cierto, está planteándose venirse a  mi comarca; y no descarta cambiar de cuerpo, si de ese modo se garantiza estar más cerca de sus orígenes. Dice que si en dos años no lo consigue, intentará ascender de nuevo. Seguro que el cabrón llega a lo más alto. ¡Seguro, hombre, seguro!

Y es que yo no concibo que quien se hace llamar policía, oficial, mayor, inspector, coronel, superintendente, subinspector, o incluso brigada, o sea, quien se hace llamar agente de la autoridad miembro de un cuerpo de policía, me diga que pasa de comerse marrones durante el servicio y que, por ello, ahora que es jefe de turno, echa balones fuera ante cada cosa mínimamente complicada que se le presenta. No, no y no; y, además, mil veces no. Con marrulleros como este no podemos hacer nada serio y eficaz. Con tíos de este pelaje lo más que se puede hacer es, y tampoco, mantener la imagen y cultivar la mentira. Pero claro, una imagen irreal y podría; y una mentira fecunda, como ella sola. Una chapuza, vamos.

Sin embargo, el que tanto defiende al cabito, mi colega de muchos años de amistad, sigue diciendo que la planta que tiene el tío es cojonuda. Y la tiene, ciertamente tiene una pinta magnífica y espectacular, eso nadie puede negarlo: mide más que yo, y yo mido 185 centímetros (o eso dicen los papeles, pero creo que estoy en dos centímetros menos, al menos descalzado); se evidencia en él una imponente forma física, cuadrado, como se decía antes; y, como diría uno que yo me sé, es hasta guapo.

Y es lo que yo le he dicho al exafricanista, que, por cierto, allí fue cabo, me refiero a mi amigacho: ¿Y qué carajo tiene que ver ser fuerte, gigante y guapo, y que el uniforme te quede como un guante, si lo que de verdad importa es que quien esté dentro del ropaje sepa trabajar y que, además, quiera hacerlo, lo haga y que encima lo haga bien; sobre todo después de haber oído las vergonzantes y aberrantes manifestaciones del menda este? Pues nada, oye, erre que erre, el defensor del escaqueado prosiguió con sus alegatos defensorios. Su otro recurso fuerte fue, y a ello recurren muchos otros, más que nada para publicitarse y pavonearse, casi siempre para engañar y esconder algunas miserias, la titulación académica que posee. Titulaciones, mejor dicho, porque el niño tiene dos carreras universitarias: una licenciatura y una diplomatura. Les voy a ser tan sincero como hasta ahora: Ya las quisiera yo para mí. Pero esto, en el fondo, tampoco determina la calidad profesional de un policía, y a las pruebas me remito: este tío y sus dos carreras pasan de todito todo, porque, según dijo, es mejor no hacer nada, que hacerlo y equivocarse. Me contuve mucho y traté de tirar por tierra, dialécticamente y con mucha vehemencia, tan cómodos, bastardos, cobardes y pueriles argumentos.

Le dije algo que él ya debía conocer perfectamente, y es que no perseguir delitos y mirar para otro lado, siendo miembro de las fuerzas de seguridad, puede suponer un delito en sí. Pero el pájaro me respondió que era tan difícil demostrar tal cosa, que ese riesgo nunca es tan grande como el de cagarla por perseguirlo, refiriéndose al delito. En definitiva, quiso decir que para él siempre es mejor y más rentable, y por supuesto más cómodo, no hacer lo que hay que hacer, por lo difícil que resulta demostrar tal cosa; que hacer lo que hay que hacer, porque, si te se equivocas…, fijo que te comes un marrón. Y oye, que el cabrón lo dijo con una naturalidad tan pasmosa que me dio miedo; y mientras lo decía levantó una mano, toma ya, para pedirse otro medio mollete con aceite y jamón cocido. Y tan pancho, oye, el hijoputa.

Nada, no vi nada bueno en este tipo. Que estudia mucho, es seguro. Que practica crossfit, también es seguro, además lo comentó varias veces. Pero lo más seguro de todo es que volverá a ascender y que seguirá siendo un mierda como policía y tres mierdas como mando. Porque, como le he dicho a mi amigo, a ver qué hace este mierdoso cuando un subordinado suyo se niegue a hacer algo que él mismo no ha hecho nunca, ni hará, a tenor de cómo se pronuncia y postula. ¡Joder, por Dios!, si es que me ha reconocido, con el otro como testigo, que aunque conoce el cuadro de infracciones de la nueva ley de Seguridad Ciudadana, poco lo va a emplear, a no ser que se vea muy empujado a ello. Dijo, recordándonos que ha estudiado Derecho, que esta ley no le gusta, que la ve muy estricta y severa. ¡Me cago en la mar salada! Fijo que no la ha estudiado, aunque haya tomado posesión de galón durante la entrada en vigor de la susodicha norma jurídica. Este es otro infiltrado, fijo que sí.  

En fin, que como ya le he dicho a mi colega, a los amigos se les debe querer con sus virtudes y defectos. Pero pienso que nunca hay que apoyarlos y ayudarlos a camuflar sus taras y carencias, cuando sean manifiestos tuercebotas, asquerosos corruptos o malditos hijos de perra con los colmillos retorcidos. Porque no cumplir con la ley, siendo un supuesto defensor de ella, es delictivo y vomitivo. Es, asimismo, peligroso para todos. Ojo, amigos míos, no daré un duro por vosotros si os pasáis al lado oscuro, así que ya sabéis. Seguro que el guarrero de marras desea que cuando su padre solicite auxilio policial, algo siempre posible, sobre todo a ciertas edades, pues eso, seguro que sea que le llegue un agente de convicciones totalmente opuestas a las suyas. Claro, normal, él se sabe redomadamente inútil e incompetente, quién sabe si incluso cobarde. Bueno, quiero decir algo más, y es que como este tío piensa y se expresa hay miles en cualquier cuerpo. Como dije antes, los hay a porrillos, solo que el cachas del café matutino de hoy no es tan zorro como la mayoría de los de este perfil; pues estos, más listos que el hambre, actúan de igual manera, pero nunca lo dicen o, llegado el caso, lo niegan a sangre.

Por cierto, y ya acabo, si el cabito de la muerte seguro que no va a leer esto, porque sé que no lo va a leer, aunque ya quisiera yo que lo leyera, pese a que mucho de lo aquí expresado lo verbalicé ante él durante el segundo café, tengo que admitir que sin tantas malsonancias, (qué fino me pongo a veces); el que sin duda sí que lo va a leer es, seguro que sí, el artífice de semejante hallazgo, o sea, mi amigo. Ya me dirá qué le parece. Pero les garantizo que seguiremos siendo buenos amigos, aunque me haya rogado que no sea muy duro con el otro. Juzguen ustedes.

lunes, 26 de septiembre de 2016

SÍNDROME DE DUNNING-KRUGER: BURROS ENGREIDOS

Por Ernesto Pérez Vera

Atención, voy a confesarme. Yo jamás he sido el más listo de la clase. Nunca he destacado en nada de nada que fuese bonito y positivo. Mi capacidad intelectual no sobresalió ni en el colegio, ni en el instituto, ni en la academia de policía. Esto no es ningún secreto para aquellos con los que compartí pupitre, de tiza todos manchados. Es más, admito que siempre fui del montón, aunque eso sí, también estoy seguro de que nunca viaje en el vagón de cola. El farolillo rojo casi siempre lo sostuvieron los mismos felices y contentos, muy descerebrados ellos.

Como desde mi infancia y pubertad ya han pasado demasiadas décadas, voy a tirar de memoria para quedarme, que tampoco es poca cosa, con mis tres últimos lustros vitales, con mi etapa de policía. Porque, para quienes no lo sepan, un servidor ya no es policía, al menos no en situación administrativa de activo. Cosas de la vida y de un malnacido, aunque quizá solo sea cosa del destino.

Si bien antes de ingresar en la Policía ya me había dado cuenta de que algunos de mis compañeros vigilantes de seguridad y escoltas se creían sobredotados, tanto física como intelectual y profesionalmente, siendo un puñado de zoquetes y de vividores con ínfulas, al menos para mis ojos y para mi moderado entendimiento, no cambió mucho la historia cuando obtuve mi plaza de funcionario. Porque es una verdad inmensa que de todo hay en todas partes; en todas. Presten atención, que quiero insistir en algo: solo estoy refiriéndome a algunos, a unos cuentos, a personas muy concretas de cuyos nombres no quiero ni acordarme. Al final del artículo comprenderán por dónde van los tiros.

Pues bien, hacerme policía no varió demasiado mi lamentable y grotesca percepción de determinadas cosas. Yo esperaba encontrar en la seguridad pública algo más de interés, de compromiso, de entrega y de empatía para con aquellos a los que servíamos, o sea, los ciudadanos. Pero nada de ello encontré, excepto en un más que mejorable porcentaje de compañeros. Aunque ya me lo habían advertido y me había criado entre uniformes grises, azules y marrones, reconozco que nunca presté demasiada atención a las voces que me decían, una y otra vez, que en la Policía también me iba a topar de bruces con la desagradable sorpresa, ¡qué asco!, de tener que trabajar con personas que pasaban de todo y de todos. Con aparentados que, con suma habilidad y total mimetización, pasaban por ser serios y expertos servidores públicos. Cuánta razón tenían aquellas voces: los puercos abundan y casi son legión.

Así pues, he patrullado con gente que no sabía qué era una infracción penal y una infracción administrativa. Gente que llevaba años sin denunciar, en una ciudad proclive a todo tipo de ilícitos (poner una simple multa de tráfico es denunciar). Tíos y tías, aunque tal vez más los primeros que las segundas, que no llevaban ni un bolígrafo cuando estaban de servicio, no fuese que tuviesen que tomar nota de algo, que eso es trabajar y pecado capital para los de esta estirpe. Gentuza que durante el horario de trabajo presumía, botellín de Cruzcampo en mano, que ellos pasaban de todo y que no hacía nada de nada. Bastardos que por pura diversión, por puro aburrimiento o porque recibieran indicaciones, menoscababan la imagen pública y el buen nombre de los policías que sí daban el callo y el do de pecho. Rémoras que navegando sin rumbo jugaban, cual parásitos, a atribuirse los servicios destacados ajenos, de cara a los políticos y a la sociedad local. Bazofia que con vehemencia y sin pudor clamaba por una plaza de oficial, de subinspector o de inspector, a la par que hacía, no hacía o decía, todas las barbaridades antedichas, aduciendo sus trienios de antigüedad en el cuerpo, sus años de afiliado al sindicato que cortaba el bacalao y, principalmente, el número de veces que había solicitado la baja médica para fastidiar al poder establecido, por orden de quien en cada caso emanase el estratégico antojo. Desechos de honestidad distraída y de sinceridad arrojada al váter, durante la vomitona semanal.


No miento al decir que muchos de estos lograron promocionarse en tales aberrantes circunstancias, totalmente públicas y conocidas. Tanto es así que varios, para asombro de incluso quienes los promovían, ascendieron hasta dos y tres veces. Pero es que no pocos de estos, con menos vergüenza que educación, formación y ética, que ya es decir, llegaron a creerse que realmente habían conseguido los galones gracias a sus méritos laborales (invisibles), a sus titulaciones académicas superiores (de juguete), a sus experiencias profesionales en la calle (inexistentes) y, ahí duele más, a sus capacidades intelectuales y de mando (podridas), y a sus conocimientos jurídicos de aplicación policial (los aprendidos viendo ‘Farmacia de guardia’, ‘Los hombres de Paco’ y ‘Torrente, el brazo tonto de la ley’). Se lo siguen creyendo y hoy se venden de lo lindo, como doctos en cualquier materia, ante quienes no los conocen o ante quienes se dejan engañar, para obtener algún beneficio para sí o para terceros. Pero no nos engañemos demasiado: donde hay tanta permisividad, siempre subyace un trasfondo con interés político-sindical.

¿Cuántas veces he dicho que estamos desbordados por los que todavía no saben que no saben? Cientos de veces, ¿verdad? Pues lean los párrafos subsiguientes, porque la ciencia buena y de verdad, la del estudio humano, la que analiza y calcula percentiles y porcentajes, me ha demostrado que uno, al final del camino, ha terminado aprendiendo algo en esta vida, aunque jamás fuese aventajado alumno delante de la pizarra. Pero ojo, por favor, porque pese a lo esputado en las muchas líneas precedentes, son más los buenos, los muy buenos y los regulares, que los malos, los muy malos y los más que peores. Por tanto, confíen en los policías sin dejarse llevar por la cromática de los uniformes, ni por el tamaño de sus porras. Porque aunque es verdad que cuando en una esquina alguien pide socorro, en la esquina de enfrente se esconden los vagos y los cobardes, igualmente es cierto que desde la siguiente esquina salen pitando, con ánimo de socorrer, los buenos y verdaderos policías. Crean y confíen, que esto es así.

La relación entre la estupidez y la vanidad se ha descrito como el efecto o síndrome Dunning-Kruger, según el cual las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden a pensar, sistemáticamente, que saben más de lo que saben, considerándose más inteligentes de lo que son. Este fenómeno fue rigurosamente estudiado por Justin Krugger y David Dunning, psicólogos de la Universidad de Cornell en Nueva York, y publicado en 1999 en The Journal of Personality and Social Psychology. Antes de que estos dos concienzudos estudiosos lo evidenciasen científicamente, Charles Darwin, ahí es nada, ya había sentenciado que “la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”.


Esto se basa en los siguientes principios:

1º. Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades.
2º. Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás.


El avance de Krugger y Dunning fue demostrarlo mediante un sencillo experimento, consistente en medir las habilidades intelectuales y sociales de una serie de estudiantes, que posteriormente se tenían que autoevaluar. Los resultados fueron alarmantemente sorprendentes y muy reveladores: los más brillantes estimaban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban por encima de la media; y los menos dotados y más inútiles estaban convencidos, pobres de sí y del resto de la sociedad, de estar entre los mejores. Curiosas y preocupantes observaciones: los más incompetentes no solo tienden a llegar a conclusiones erróneas y a tomar decisiones desafortunadas, sino que el nivel de incompetencia les impide darse cuenta de ello. Lo ven, esto es lo que llevo años diciendo, hay demasiados que no saben que no saben, creyéndose sabios. De ahí que gente de este perfil cope, en número excesivo, puestos de dirección y mando en el sector del que provengo.