lunes, 8 de agosto de 2016

DE LAS REACCIONES HUMANAS

Por, Ernesto Pérez Vera

Un policía en activo, protagonista de un interesantísimo capítulo de “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados” (Tecnos. Grupo Anaya Editorial. 2014), que en su momento disparó contra un congénere al advertir que su integridad física se encontraba en inminente peligro, ha tenido que acudir de nuevo a una unidad médica de Salud Mental. Reconoce que no está bien, que está peor que cuando se produjeron los hechos. Matar, en este caso desde el rol de policía, nunca sale gratis ni psicológica ni profesionalmente y, a veces, tampoco resulta baladí a nivel social y familiar, aun cuando la autoridad judicial confirme licitud en la actuación.

Joaquín, como ficticiamente vamos a conocer a este señor a lo largo de estos párrafos, ha grabado clandestinamente la primera y última entrevista mantenida con el psiquiatra que le han asignado para este segundo periplo tormentoso. No pidió permiso para ello porque pensaba que la respuesta iba a ser negativa, de ahí su furtiva acción. Creyendo que el galeno le daría eficaces pautas y consejos, decidió grabar la conversación para no perder puntada en casa.

Su gozo, en un pozo: “Ustedes recibís una esmerada formación para no tener miedo. No es normal lo que me estás contando. En caso de que el miedo realmente hubiese aparecido en ti, debiste controlarlo, contenerlo; y ahora más todavía, después del tiempo transcurrido. He impartido clases sobre estos temas en cursos para policías, por lo que me cuesta trabajo creer que un hombre con una pistola en la mano pueda experimentar tanto temor frente a otro semejante. Es extraño que aún aparezcan en ti pensamientos recurrentes sobre aquello”. Ahí la tienen, la primera en la frente.

Qué quieren que les diga, yo no soy nada ni nadie, mucho menos soy ni médico ni psicólogo, pero si un evaluador y diagnosticador de problemas de la psique asegura que el miedo es controlable por cualquiera, principalmente si ese cualquiera luce placa y empuña una pistola, es que todos estamos locos de atar. Los 80 o 90 euros que el doctor se embolsa por hora lectiva en la academia de policía deben dar su fruto en forma de mega teléfono móvil, de zapatos caros o en forma de lo que quiera invertirlos, pero desde luego yo no confiaría mi sanación mental a alguien como él; como por otra parte tampoco lo hizo Joaquín, que completamente contrariado abandonó la consulta.

Joaquín es un policía normal y corriente de esos que trabajan de uniforme a lomos de una motocicleta. Lo mismo regula el tráfico en la puerta de un colegio, que detiene a  maltratadores domésticos; que lo mismo se revuelca por el suelo con tironeros, con traficantes de drogas o con borrachos metepatas. Es tan normalito que dispara unos treinta tiros anuales en la galería de tiro, como casi todos los policías españoles que entrenan, porque hay que significar que no todos lo hacen: muchos no huelen la pólvora ni en lustros. Otros, con un poco de más suerte que estos últimos, pegan unos cuentos tiros siguiendo absurdas indicaciones. Muy pocos están realmente bien adiestrados.

Aquella luctuosa mañana las cosas le salieron bien, pero confiesa que no se sentía preparado para afrontar un evento de tal envergadura. Asegura que había sido muy escuetamente formado para superar acontecimientos de tal índole y magnitud. Durante meses experimentó trastornos del sueño, sobre todo en su modalidad de terrores nocturnos, y sufrió remordimientos por haber matado a quien le estaba disparando. Los tratamientos farmacológicos fueron su mejor compañía, habiendo tenido que recurrir otra vez a ellos.

No obstante, no vayan ustedes a creer que los académicamente más cualificados no pueden verse atrapados por la misma caótica situación emocional. Eso sí, estos, los que ciertamente sí han sido mucho mejor adiestrados podrían llegar a controlar, llegado el caso, determinados niveles de adversidad anímica mientras se están produciendo los hechos, así como posteriormente; todo lo cual puede suceder por ser buenos conocedores de cómo se manifiesta la fisiología durante estas situaciones, amén de por contar con abundante apoyo humano y material en el momento de las intervenciones críticas. No hay duda de que el conocimiento y la seguridad otorgan tranquilidad.
 
A ver, me explicaré un poco mejor. No es que los muy instruidos estén vacunados contra el temor, es que muy posiblemente podrían recomponerse a nivel cognitivo con más celeridad, al hecho de verse frente a una circunstancia identificada como letal. Ni que decir tiene que la exposición reiterada a estas circunstancias refuerza, y mucho, la confianza de quien va saliendo airosamente de ellas. Tablas, por experiencia, que dirían los artistas del tablao.

Juro que yo, Ernesto Pérez Vera, deseo seguir teniendo miedo, de lo contrario podría morir dentro de un rato por confundir el valor con la temeridad. De no tener miedo podrían diagnosticarme una psicopatía o algo así. Uno está majareta, vale… muy majareta, pero creo que todavía no estoy loco del todo. Por cierto, mi colega empezó hablándole al médico del incidente desencadénate de su desasosiego, pero lo que realmente le acongojaba era, y es, el trato institucional que estaba recibiendo desde el día de autos, sintiéndose abandonado, no reconocido y hasta boicoteado y defenestrado por iguales y superiores jerárquicos. Pero el pobre Joaquín no llegó a transmitir tal punto de su cuita durante la cita médica, porque el tío de la bata blanca le cerró el ánimo y le abrió la puerta de la calle.

Hace diez meses, en agosto de 2015, se hicieron públicas unas imágenes muy reveladoras de cómo se movían, en una operación real, varios agentes de una unidad especial de la Policía alemana, concretamente del SpezialEinzatzKommando (SEK) de Renania del Norte. En las tomas se observa como los integrantes del SEK se van aproximando, pistola en mano y encañonando la zona de riesgo, a un ciudadano guineano provisto del arma blanca con la que minutos antes había acuchillado a un compatriota.

En una de las fotografías se aprecia, claramente, como uno de los componentes del equipo de asalto da un respingo, o solamente unos pasos bien controlados hacia atrás, al detectar movimientos de avance en su dirección, por parte del hostil. La foto muestra la evidencia gráfica de que este policía sumamente adiestrado y dotado de abundante material pasivo de seguridad, porque portaba chaleco balístico y casco de protección, se rila y retrocede súbitamente como cualquier hijo de vecino que ve, ante sí, a un energúmeno machete en ristre. Piensen en esto, por favor: aquí no hubo sorpresas súbitas como las que se comen los patrulleros normales y corrientes, estos funcionarios sabían a lo que iban.

Señoras y señores, estamos hablando de instinto en estado puro. De la mejor versión de un superviviente que supo domar el movimiento natural para, a la vez que retrocedía, abrir fuego y abandonar la línea de progresión de su antagonista, ejecutando desplazamientos laterales.


Algo muy lógico, ¿verdad que sí? Pero también es algo que hay que entrenar y mecanizar físicamente a tiros, además de interiormente mediante la concienciación y la mentalización. Algo que, por deserción del sentido común, no se practica en nuestras instituciones policiales. ¡Ah! El africano, aunque no perdió la vida, fue abatido por el envite de seis impactos de arma de fuego que afectaron a ambos trenes motores: brazos, hombros, piernas y glúteos. Seis tiros, seis, hasta que dejó de suponer un peligro.

En definitiva, que la naturaleza se impone exhortando a la neuro-psico-fisiología para que nos haga responder en momentos cruciales, pudiendo llegar a ser más resolutivo el poco entrenado y, a la vez, menos engañado respecto a cómo podría actuar un ser humano acorralado; que no aquella otra persona muy bien adiestrada en tiro que, sin embargo, no sabe cómo reaccionamos los animales de nuestra especie ante tales vicisitudes. Si sabemos cómo funcionamos por dentro, mejor podremos funcionar y reaccionar por fuera.

Pero sepan una cosa más, amigos lectores, “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados”, el libro reseñado al inicio de este artículo, disecciona veintidós incidentes armados policiales producidos recientemente en España. Enfrentamientos protagonizados por agentes de la autoridad de todos los cuerpos. O sea, a tiro limpio contra atracadores, traficantes de drogas, enajenados mentales, etc. Treinta policías describen, en primera y tercera persona, cómo reaccionaron al ser conscientes de que había llegado el momento de abrir fuego contra sus atacantes.

https://www.mildot.es/
¿Creen ustedes que todos estaban adecuadamente instruidos? La mayoría grita, página a página, que no, que casi se entregaron a la suerte. Los entrevistados cuentan, también, cómo se comportaron con ellos, tras el incidente, sus compañeros y mandos. Varios protagonistas acabaron con las vidas de sus contrarios, algunos únicamente los hirieron y otros, pese a vaciar cargadores enteros, no tocaron pelo. Dos o tres no desenfundaron por falta de tiempo de reacción, por encontrarse ya gravemente lesionados o por nula intención, aun cuando a todas luces era imperiosamente necesario plomear al otro.

¡Ah! Importantísimo dato: ni un solo funcionario de los que aquí desnudan sus almas resultó judicialmente condenado por el resultado de sus disparos. Esto es algo que lamentablemente no le va a gustar a esos policías agoreros que enarbolan, desde la supina ignorancia y la más profunda cobardía y vagancia, la bandera del “defenderte siempre es un marrón”. Mienten. Díganselo de mi parte.

Aléjense de las oscuras y manidas leyendas urbanas cultivadas por los disfrazados de expertos. Dejen de venerar a los incompetentes. Opónganse resueltamente a las mentiras susurradas al oído. Sigan la luz. Deserten de la caverna. Lean “En la línea de fuego”, está escrito para gente como ustedes mismos.

lunes, 1 de agosto de 2016

PASA Y PRUEBA, SE PUEDE: DISPAROS DESDE EL INTERIOR

Por Ernesto Pérez Vera

Solemos hablar, escribir y especular sobre los disparos que hacen los policías a pie firme, contra personas que permanecen igualmente erguidas. A veces, incluso nos planteamos situaciones contra hostiles ocupantes de vehículos. Sabemos que es fácil hacer blanco en quienes se encuentran dentro de automóviles no blindados, aunque se les tire desde fuera. Pero lo que no se plantea tanta gente es la posibilidad contraria: disparar desde dentro del habitáculo contra semejantes situados en el exterior. Pasa. Ocurre con frecuencia. En España no han sido pocos los policías, guardias civiles y militares ametrallados desde escasos metros, cuando se encontraban en el interior de sus vehículos, bien como conductores bien como pasajeros. Muy pocos pudieron y supieron repeler la agresión desde el asiento, pero alguno lo logró.

Digno de mención es el caso ocurrido el 18 de noviembre de 1994, en la localidad vizcaína de Larrebezúa. Aquel día, sobre las 18:00 horas, el sargento de Infantería JLC fue emboscado por un comando de la banda terrorista ETA. El suboficial circulaba con su coche particular, cuando en un cruce se le aproximaron varios peatones abriendo fuego contra él. El militar, que portaba una pistola, respondió con celeridad al fuego, repeliendo el ataque desde dentro de su automóvil. Además de evitar una muerte casi segura, porque el ataque se efectuó con subfusiles, hirió a uno de sus atacantes y puso en fuga al resto. No obstante, el sargento fue herido en un brazo por un único proyectil. Como consecuencia de la eficaz respuesta del acometido, los asaltantes huyeron del lugar en un turismo, tras detener su marcha pistola en mano. Más tarde, en Lujua (misma provincia), dos patrullas de la Ertzaintza (Policía Autónoma Vasca) le cortaron el paso, produciéndose un enfrentamiento entre ambas partes. Curioso: uno de los etarras disparó contra los policías desde dentro del coche, si bien después lo abandonó para continuar la refriega de un modo más convencional. Un agente resultó herido de gravedad como consecuencia de dos balazos, un terrorista murió y otro resultó herido. 

Sería muy sencillo pensar que del mismo modo que desde fuera para adentro podemos hacer sangre, igualmente podrá hacerse a la inversa. En cierto modo es así, pero seguramente existan matices diferenciadores. El primero matiz puede ser el hecho de que inmensísima mayoría de los profesionales armados de este país entrenamos —y que se salve el que pueda— en bipedestación estática. Pocos, muy pero que muy pocos, entrenamos reglamentariamente ejercicios en el interior de nuestros coches de servicio. Si acaso alguno lo hace es porque acude a cursos privados o porque emplea su ingenio en busca de una mayor calidad en la gestión de situaciones potenciales. Algunos instructores, contraviniendo las normas internas de sus propias instituciones, incluyen sillas u otros asientos en las periódicas prácticas de tiro. En estos casos, los muebles quedan situados en la línea de tiro y frente a la línea de blancos, normalmente en uno de sus flancos, a distancias no superiores a cinco metros. La idea es bien sencilla: simular muy imaginativamente que el tirador se halla, por ejemplo, en el interior de su coche-patrulla, cuando es acometido de modo tal que requiere hacer fuego de réplica.

Los funcionarios de policía no deben tener miedo a efectuar disparos en tales circunstancias. Pero es demasiado frecuente que ante planteamientos de esta índole, algunos policías cuestionen su eficacia: nunca lo han entrenado y tampoco lo han visto hacer. Muchos no saben que los proyectiles de nuestras armas perforan lesivamente las puertas y los cristales de los coches convencionales. Quienes hayan realizado pruebas al respecto o hayan sido testigos de ellas, saben de la facilidad con la que una bala de 9 mm Parabellum atraviesa un coche de lado a lado, de puerta a puerta. (‘Bala’ es sinónimo lingüístico de proyectil, aunque quizá no resulte el término más técnico).

Las posibilidades de verse uno en una situación adversa dentro de un vehículo son muchas. El ataque podría provenir desde cualquier lado o ángulo: desde detrás, desde delante o desde cualquiera de los flancos. Aunque la energía de los proyectiles podría verse mermada tras producirse la perforación de las chapas y los cristales, es más que posible que conserven suficiente capacidad letal, incluso si tras invadir el espacio interior del automóvil tuviesen que perforar los asientos hasta llegar a los ocupantes. A la inversa puede suceder lo mismo, por lo que los agentes tienen que saber que sus balas pueden salir, también lesivamente, hacia el exterior.

El 26 de mayo de 2005, en Olivella, Barcelona, una pareja de guardias civiles pasó por ello. Durante una persecución policial sobre dos vehículos sospechosos, tuvieron que hacer fuego con sus pistolas desde el interior del coche-patrulla. Los perseguidos dispararon con armas de los calibres .38 Especial y 9 Parabellum, entrando varios proyectiles por la luna delantera del benemérito vehículo. Los funcionarios, por premura, devolvieron los disparos también a través del parabrisas de su propio coche. Ninguno de los agentes resultó lesionado, pero sí uno de los delincuentes (fue detenido días después). Ven como estas cosas pasan.

Los cristales y las lunas parabrisas de los coches modernos son lo bastante resistentes como para provocar una buena desaceleración a los proyectiles. Aun así, casi siempre podrían producirse lesiones graves. Si a estos niveles hay una barrera especialmente resistente es, sin duda, la luna delantera laminada que a día de hoy usa cualquier vehículo. Pero incluso estas superficies vidriosas podrían ser perfectamente perforadas en ambos sentidos direccionales. La mayor parte de las lunas delanteras también propician desvíos a las trayectorias iniciadas en las líneas de fuego, e incluso dan origen a rebotes según sea el ángulo de impacto, especialmente si el disparo se realiza desde el exterior: la luna presenta un abombamiento a lo largo de toda la extensión de su superficie, así como cierta inclinación o angulación respecto al piso.

De cuantos proyectiles he evaluado personalmente realizando disparos directos contra parabrisas (de fuera para dentro), solamente un tipo de bala reflejó un resultado menos grave en cuanto a interpretación de potenciales lesiones a producir. Me refiero a las puntas frangibles (emplee dos marcas diferentes). Aquellas balas perdieron, aproximadamente, el cuarenta por ciento de su masa en el impacto (se desintegraban por la parte posterior), logrando el resto del cuerpo del proyectil penetrar el cristal laminado, para conseguir finalmente perforar el cuerpo que simulaba ser una persona (garrafa de plástico duro, con veinticinco litros de agua).

Estos proyectiles están construidos y diseñados para desintegrarse, convirtiéndose en polvo, tras el impacto en superficies especialmente duras. Todo el cuerpo del proyectil suele ser una amalgama de partículas compactadas de polímeros, mezcladas con otras de cobre, tungsteno, nylon u otros materiales sintéticos. En cuerpos blandos, como las puertas de los coches o los órganos humanos, actúan igual que los proyectiles convencionales. Tan solo se desintegran completamente, cumpliendo así su propia razón de ser, si impactan en ángulo de noventa grados, o próximo a él, contra superficies muy duras.

También está verificado que cuando cualquier clase de proyectil cruza el cristal en dirección de fuera a dentro, proyecta numerosas y minúsculas partículas de vidrio en la misma dirección de tiro, pudiendo perfectamente afectar estos fragmentos cristalinos a la visión de las personas presentes en el habitáculo (lesiones oculares, al margen de las directas que pudieran producir las propias balas).

Pero bueno, ya me he enrollado más de lo debido con el asunto balístico. Ahora vamos a ver si realmente es tan fácil responder con fuego desde el interior de un coche. Algunos quizás crean que es tan sencillo como cuando se está de pie, mas yo no lo veo así. Si ya de por sí no estamos debidamente entrenamos y mentalizados para disparar a otro ser humano hallándonos de pie en un tuteo, menos todavía lo estamos para replicar desde la segura e incómoda posición de sentando en el interior de un automóvil policial.

Sabiendo como se sabe que los tiempos de respuesta en bipedestación son excesivos durante la instrucción convencional y generalizada (detección de la amenaza u orden de fuego, desenfunde, preparación del arma —el que deba prepararla— y disparo), estos rangos aumentarán, sí o sí, si nos encontramos sentados dentro de nuestros incomodísimos coches de servicio. Si el coche está provisto de mampara de seguridad y el ocupante tiene cierta envergadura, el problema se acrecienta. Si además de todo esto hacemos uso del cinturón de seguridad, la cosa se complica más aún (el cinturón se suele emplear en persecuciones de cierta duración y peligrosidad, y también en viajes de escoltas).

Acceder al arma desde la posición de sentado suele ser más laborioso y lento que si se parte desde una posición estable de pie firme. Si a ello sumamos el tiempo de recamaración de un cartucho para dejar lista la pistola (caso de no portar el arma en condición dos, o sea, presta para el disparo súbito), los tiempos se disparan, nunca mejor dicho. Muchos factores han de ser considerados y tenidos en cuenta al tratar de mejorar estos lapsos de reacción: el tipo de funda pistolera empleada, la posición que se ocupe en el interior del vehículo y, como se dijo en párrafos anteriores, la formación y mentalización de la que se disfrute.

El modelo y la ubicación de la funda siempre son fundamentales, más todavía en estos supuestos automovilísticos. Cuando se trabaja uniformadamente el arma va, como norma general, en una funda exterior, pero todas las fundas no son iguales y para colmo la gente suele buscar, más veces de las deseadas, la funda más cómoda, la más ‘chachipiruli’ o la más económica. Casi todos los policías optan por una pistolera cómoda y no por una segura, menos aún optan por una realmente apropiada para el desempeño concreto y específico de su servicio. Esto, por suerte, está empezando a cambiar, aunque muy lentamente. El material que se muestra ideal para un agente de operaciones especiales, no necesariamente lo es para un funcionario que patrulla sobre una motocicleta, a lomos de una bicicleta o dentro de un coche de espacios reducidos (esto último está relacionado con la propia corpulencia del agente).

Todos coincidirán conmigo en que las fundas de pernera, también denominadas musleras, están muy de moda. Molan mazo. Este tipo de funda es ideal para los operativitos de unidades que frecuentemente usan arneses de rapel, chalecos tácticos exteriores de protección balística, etcétera. En estos casos, un arma situada en la cintura casi siempre mostrará su cara más engorrosa: el arnés y el propio chaleco impedirán el oportuno acceso al arma, dejando de ser totalmente eficaces ambos equipos (con algunos chalecos, las armas situadas en la cadera quedan tapadas y completamente inaccesibles). Por ello nacieron las fundas de pernera, hace ya más de treinta años. Sin embargo, vemos como policías convencionales portan sus pistolas en este tipo de fundas. Lo mismo la lleva el motorista que el police man de un coche con mampara de seguridad, que el que va en la grúa. Creo que en estos casos no se tienen en cuenta las consideraciones operativas, sino las estéticas. Modismo puro, casi siempre. No puedo negar que otorgan un aspecto muy atractivo, táctico y operativo. Pero lo siento, no son las fundas más oportunas para según qué guardias. Venga, ahora toca despellejarme.

En posición de sentado, las perneras difícilmente permiten un empuñamiento seguro y un desenfunde natural. Es imposible. La pistola, en tales circunstancias, siempre se encontrará con la empuñadura en posición perpendicular respecto al suelo, lo que impedirá ser asida correctamente ante una situación de emergencia. Peor todavía: los mecanismos de apertura de la funda, en el caso de las modernas fundas antihurto, serán bastante inaccesibles para los dedos de la mano más hábil. A todo esto, lo tendrá más fácil el acompañante de un vehículo turismo, que el conductor. Ambos deberían hacer un leve giro o movimiento con la extremidad a la que va anclada el arma, pero el volante dificultará más la tarea a quien conduce. Algo más. El respaldo del asiento reducirá el recorrido del brazo fuerte, impidiendo la extracción completa de la pistola. Se puede hacer, pero no es natural. No me hagan caso, pruébenlo. Después imaginen tener que hacerlo rápidamente, ante un atentado inopinado y violento, precisando de fuego inmediato de réplica...

Cuando se trata de un motorista, peor aún. Los ocupantes de un coche podrían llevar abiertos o desactivados los sistemas de retención de la funda, en aras de una mayor celeridad durante la extracción. De este modo ganarían un poco de tiempo táctico, al acudir a una llamada que sugiere la posibilidad de tirar de hierro. Si en estas circunstancias se sufriera un accidente o se realizara un movimiento brusco dentro del coche, como por ejemplo el propio de un volantazo, el arma podría caer al piso del automóvil, quizá incluso rocambolescamente en el propio asiento. Pero para un motorista esto supondría una hecatombe, pudiendo quedar inerme, desarmado. Por tanto, no veo recomendable que este tipo de servicios se presten a funda abierta (insisto, no recomiendo en sí la propia pernera para el patrullero convencional). Si la pistolera poseyese sistema de retención pasiva, sí podrían llevarse desconectados los sistemas de retención no pasivos.

Sí, lo sé, existen cordones de seguridad (lanyards) que mantienen el arma enganchada al cinturón, en caso de desarme accidental por caída. Pero es que tampoco estoy por recomendar este complemento a los policías de a pie. Diariamente veo como muchos compañeros míos se van quedando enganchados por los rincones. Para no hacerlo, o sea, para no quedar enganchando por ahí, hay que pensar en ello. Pero pensar y discernir son lujosas acciones no siempre al alcance de quien se encuentra en un a vida o muerte, o cuando uno está tirado por los suelos tratando de inmovilizar a un violento mamoncete. Algunos, advertidos de que un día se podrían quedar pillados en un picaporte, asiento, cinturón de seguridad, freno de mano, en una palanca de cambio, etc., en el peor momento, hacen filigranas para que su lanyard no quede visible y así tratar de impedir quedarse colgados. Pero lo empeoran: cuando desenfundan y elevan el arma a la altura de la cara, para apuntar o encarar la zona de riesgo, el arma no llega. El cordón se queda corto, dado que se oculta a lo largo del contorno de la cintura, cual recorrido caprichoso por entremedio del resto de accesorios. He visto que algunos utilizan una funda rígida tubular para bastón, haciendo discurrir parte del cordón por dentro de ella, con el ánimo de impedir enganchones accidentales. Esto también suele entorpecer, no es la panacea: el arma no siempre alcanza la línea de ojos con el brazo extendido, lo que en realidad depende del tamaño físico del usuario y del punto exacto de la cintura al que esté agarrado el cordoncito.

Los cordones de seguridad para armas están destinados a otro tipo de funciones, misiones o destinos, como por ejemplo las tripulaciones de las embarcaciones náuticas y de los helicópteros (la razón es obvia). Por cierto, durante la Segunda Guerra Mundial más de un oficial británico fue asfixiado con el cordón de su revólver: lo llevaban sujeto al cuelo, como marcaba el reglamento. Seguramente también habrá ocurrido lo mismo en otros conflictos y con combatientes de otras naciones (la Guardia Civil, durante años, también lo llevó al cuello). 

Dentro de un automóvil, las pistoleras convencionales de cintura casi siempre dejarán el arma a mano. Pero ahora a ver qué funda se utiliza y dónde se coloca, pues aunque el medio sea moderno y oportuno, algunos solo siguen apostando por la comodidad, situando el arma en inaccesibles puntos del contorno de su cintura. Seguimos viendo demasiadas fundas de cuero situadas sobre la musculatura lumbar, donde se ubican los riñones, de ahí el nombre de ‘fundas riñoneras’. Si al menos solamente se usaran durante la realización de servicios de paisano, vale, pero es que muchos uniformados abusan de esto para permanecer plácidos en sus asientos. Personalmente, creo que la colocación del arma en los lumbares solo sirve para ganar ocultación y discreción, amén de nula accesibilidad. Por favor, algunos la llevan entre ambos riñones, en plena la columna. Pero de donde no hay, no se puede sacar. Es lo que hay.

Como norma general, las pistoleras que obligan a que el arma quede inclinada y no paralela a la pierna, dificultan el agarre y desenfunde seguro y natural. El problema aumenta si además están fijadas excesivamente altas, respecto a la cadera. En nuestro país son masivamente entregadas fundas reglamentarias, casi siempre de cuero o cordura, que obligan a portar el arma con una inclinación de hasta en 45º hacía delante (boca de fuego hacia atrás). En tal situación es del todo imposible empuñar el arma con naturalidad, a no ser que se adopte una inclinación del cuerpo muy exagerada hacia delante (estando de pie, claro), cosa imposible de llevar a cabo en el interior de un coche (sentado). Algunos estudios consideran que el ángulo de inclinación máximo debe oscilar entre 20º y 25º.

Cuando se viste con ropaje de calle hay que recurrir a otros fundamentos. Ya sea en horas ajenas al trabajo o prestando servicio en unidades que no lucen uniforme, la forma de llevar el arma no es un asunto baladí, por más que la peña le resbale este tema. Tener una pistola oculta bajo la ropa o en una bolsa, no siempre es garantía de seguridad real, aunque sí otorgue seguridad subjetiva: toda persona armada cree estar protegida. Craso error. Si fuera del vehículo y en posición erguida el arma ya permanecerá oculta bajo varias prendas de vestir, suponiendo esto de por sí una clara traba al desenfunde de emergencia, si encima se está sentado dentro del pequeño habitáculo de un coche, shungo, que decimos en mi tierra. Peor se pone la cosa si la funda posee broches de cierre o sí sobre ella hay que ejecutar complejos movimientos dactilares.

La gente no sabe que no sabe, lo que le hace creer que cualquier cosa sirve para llevar dentro el arma. Algunos piensan que cualquier bolsa de piel servirá, como la que más, enganchada al cinturón. La mayoría de los profesionales armados no ve en la funda más que un contenedor o recipiente, pero hay que ir y ver más allá. Una pistolera destinada a servicios no uniformados debe permitir portar el arma con comodidad y discreción, pero sin desterrar la operatividad. En estos casos, tal vez más que en los otros, también es necesario que el arma quede a mano. Los tres aspectos son perfectamente conjugables: comodidad, discreción y accesibilidad.

La seguridad también ha de contemplarse en este segmento de fundas, pero no es este el aspecto al que más atención hay que prestarle. Cuando una persona trabaja de paisano, el arma, de por sí, no está a la vista de terceros, por más que nuestras pésimas teleseries nos quieran hacer creer lo contrario. Esto ya es, per se, una ventaja en cuanto a seguridad frente al posible hurto. Para colmo, el arma reposará bajo una o más prendas de vestir, cuando no en una bolsa bandolera o de cintura, cerrada con una cremallera u otro sistema. Esto es ya, por sí solo, una barrera de seguridad y protección. Por ello, no siempre será necesario que las fundas empleadas para trabajos de paisano posean varios niveles de retención. Soy partidario, en este caso, de pistoleras con un único sistema de retención pasiva. Ponerle barreras al desenfunde de emergencia, cuando hay que apartar prendas de vestir, puede suponer un peligroso contratiempo. Un hándicap no superable, a veces, ni por el personal medianamente cualificado.

Si la funda es de las llamadas interiores, esto es, aquellas que obligan al arma a ir entre el cuerpo y la cinturilla del pantalón, el sistema de retención por broche se hace prescindible. Casi que sobra, vamos. En estas circunstancias, la pistola suele quedar bien retenida entre la cadera y la propia prende de vestir. Si la pistolera estuviese confeccionada con nylon o cuero no rígido, con serraje u otro tipo de piel, quedará excesivamente inaccesible al tiempo de pretender enfundar. Así las cosas, la funda se cerrará sobre sí misma, una vez haya sido extraída el arma, obligando al tirador a usar la mano débil para abrir con los dedos la boca de la funda, e incluso quién sabe si tendría que meter barriga. Una vez medio abierta la funda, el arma podría ir introduciéndose poco a poco, pero nunca se trataría de una devolución rápida y segura. Sentado en un coche es sumamente complicado hacer todo esto. Prueben, prueben, no me crean sin antes verificarlo. Porque tan importante y vital puede ser sacar la pistola con rapidez, como guardarla a todo tren.

Ahora bien, tanto si se está de uniforme como de paisano y se hacen muchas horas de servicio al volante (escolta conductor, conducciones de presos en viajes largos, esperas, vigilancias, etc.), puede que otro tipo de funda sea más cómoda, práctica y operativa. Las sobaqueras y tobilleras, siempre colocadas en el lado contrario al de la mano fuerte y hábil (los diestros en la parte izquierda), podrían ser muy oportunas. Insisto: para muchas horas de conducción operativa. Además de llevar la cadera más relajada y menos dolorida durante la conducción prolongada, la accesibilidad del arma se antoja más rápida y sencilla desde el tobillo y desde el sobaco.

He llevado dos fundas a la par, estando solamente una de ellas ocupada por la pistola: en la cintura una funda interior de material plástico, de kydex concretamente, y en el tobillo otra con sistema único de retención pasiva, fabricada con el mismo material. Durante algunos viajes (conducción) he llevado la pistola en la pierna, pasándola a la funda de la cintura antes de descender del coche. Con el cinturón de seguridad colocado, siendo conductor, es más rápido y natural desenfundar desde el tobillo que desde la cadera. Para estas situaciones también se presenta como una forma más natural y cómoda, la modalidad de arma cruzada en la cintura (cross draw). Esto implica que el arma va fijada en el lado contrario al de la mano hábil. Su ubicación precisa podría estar desde la cresta iliaca de la cadera hasta la zona inguinal. En cualquier caso, la empuñadura se localiza en dirección al centro del cuerpo. Del mismo modo que puedo aconsejarla para estas situaciones, no puedo hacer lo mismo para portes a pie firme.

Una buena idea es customizar el vehículo, colocando fundas en un par de lugares estratégicos. Esto es más apropiado y aconsejable si se es conductor. Al margen de portar la funda pegada al cuerpo, no viene mal tener otra anclada en un lateral del asiento propio o bajo el volante (para colocar ahí el arma, según las circunstancias de cada momento). Esto permitiría al piloto manejar el vehículo con soltura, mientras el arma permanece a la mano, incluso si el cinturón de seguridad se encuentra enganchado. Llevando desocupada la funda de la cadera, la pistola podría ocuparla en un plis-plas, antes de abandonar del automóvil.

Ante situaciones sospechosas, detectadas desde el interior del coche, no es descabellado desenfundar el arma y colocarla debajo de un muslo con la empuñadura hacia fuera (fácil y rápido agarre). Pero esto tiene dos inconvenientes, y es que si el arma llevara un cartucho en la recámara y los mecanismos de disparo activados en simple acción, se podría dar la rocambolesca desgracia de un disparo involuntario en caso de colisión. Para que esto se produjera, en el interior del arco guardamonte tendría que introducirse accidentalmente algún objeto que hiciera de palanca y presionara el disparador. No es improbable ni fácil, pero factible, por ello lo denomino rocambolesco. Ya ha pasado.

El segundo contratiempo también podría darse si como consecuencia del chocazo el arma fuese proyectada fuera del alcance de su usuario. El arma podía acabar, de esta guisa, debajo del asiento, entre los pedales o incluso fuera del automóvil si la puerta se encontrase abierta en el instante del siniestro. Así sucedió en el archiestudiado tiroteo de Miami, el 11 de abril de 1986 (Miami Shootout). En aquella ocasión, el agente del FBI Richard Manauzzi extrajo su revólver de la funda, colocándolo entre sus piernas al aproximarse al automóvil de los dos sospechosos a los que estaba siguiendo. Ante el inminente tiroteo que se intuía en el ambiente, Manauzzi quiso tener su arma bien a mano. Pero la mala suerte quiso que justo cuando el federal abría su puerta para descender, se produjera una colisión contra el coche de los dos atracadores: perdió el arma durante los casi cinco minutos que duró el enfrentamiento con el resto de federales presentes en la escena. A otro funcionario, iniciada ya la refriega, le pasó exactamente lo mismo (agente John Hanlon). Murieron dos agentes, los dos ladrones de bancos y cinco funcionarios resultaron gravemente heridos. Se cree que fueron consumidos sobre ciento cuarentaicinco cartuchos entre ambas partes (dato que todavía crea controversia), pero Manauzzi fue el único actuante que no pudo disparar ni un solo tiro.

Aunque existe una versión contraria al informe médico-forense firmado por Joe Davis, jefe del servicio médico legal, William Matix, uno de los delincuentes, presentaba los tímpanos reventados, además de seis impactos de bala. El doctor Davis sostuvo que la lesión del aparato auditivo se produjo cuando su compinche disparó, dentro del coche, con un fusil de asalto del calibre 5,56 mm (.223 Rem), acción llevada a cabo justamente ante su rostro. Ojo al parche… y tapón al oído.

Ver el vídeo de una recreación del Miami Shootout: https://www.youtube.com/watch?v=WlSCE88UhyA

En Sin tregua (End of Watch), la película policiaca del director David Ayer (también guionista del film), podemos ver como uno de los agentes del Los Angeles Police Department, el famoso LAPD, desenfundaba su pistola dentro del coche patrulla y la dirige hacia el exterior desde detrás de la puerta del coche, mientras conversaba con un traficante. Destacar que las escenas referidas a tiroteos, así como en general las escenas de manejo de armas y despliegues tácticos, están magníficamente planteadas y planificadas. Por cierto, en otro momento del telefilm le disparan a un agente desde dentro de un coche, durante la identificación del conductor. Muy real.

No solo es potencialmente posible tener que disparar desde dentro del coche, sino que habría que promover el entrenamiento en tales circunstancias. Pero igual que es factible hacerlo, poseer la funda apropiada siempre aporta un plus, una ventaja. Nosotros portamos armas, no las transportamos, en cuyo caso serviría incluso una caja de cartón tirada en el maletero.  

miércoles, 20 de julio de 2016

LEONES DEL VATICANO

Por Ernesto Pérez Vera

Varios miembros de la Gendarmería de la Ciudad del Vaticano visitaron el 19 de julio el simulador de tiro de la Policía Local de León (España). Y “EN LA LÍNEA DE FUEGO” estuvo junto a la comisión vaticana, encabezada por el comisario Stefano Fantozzi, máximo responsable del cuerpo.


La Policía Local leonesa estrenó este simulador de tiro durante la primavera de 2009. Este ingenio de la tecnología está desarrollado por el Centro de Excelencia de la multinacional Indra. Fantozzi ha manifestado a los medios españoles, que el producto es de muy buena calidad, señalando que ellos se encargan de la seguridad del Vaticano, pero especialmente de la del Santo Padre, motivo por el que siempre intentan estar al día de las novedades profesionales que puedan llegar a utilizar sus agentes.


Los autores de “EN LA LÍNEA DE FUEGO” nos sentimos muy orgullosos y agradecidos a José Manuel Fidalgo, el policía responsable de la instrucción de tiro de la fuerza local leonesa, quien cuenta con nuestra obra como referencia para recrear escenarios y supuestos sobre los que basar el adiestramiento de los integrantes de la plantilla. Este vídeo es prueba de lo anterior: https://vimeo.com/175357167

sábado, 16 de julio de 2016

NUNCA PASA NADA, HASTA QUE NIZA

Por, Ernesto Pérez Vera

Por muy andaluz que uno sea, y por Dios que soy ‘mu gaditano’, juro que no exagero al decir que diariamente recibo varios correos electrónicos, e incluso llamadas telefónicas y guasaps, remitidos por policías nacionales, policías autonómicos, policías locales, guardiaciviles, militares y vigilantes de seguridad, que me interpelan sobre cuestiones policiales. La verdad es que me siento halagado aunque a veces tenga que responder, con humildad, que tal o cual campo están fuera de mis entendimientos técnicos, teniendo de desviar las dudas hacia otros especialistas. Lo he hecho mil veces, y no pasa nada. Hay que ser solvente y consecuente con las respuestas. Seguro que el padre Mundina no respondería sobre balística interna. Zapatero, a tus zapatos, vamos. La honestidad y la coherencia al poder.

Si bien en algunas ocasiones me han contactado para ofenderme y recriminarme mi afición por escribir sobre materias policiales muy concretas y particulares, por considerarse estas personas policías de primera división mientras que a mí me tildaban de mindundi municipal de pacotilla, que no sabe de nada, lo cierto es que el 99,99% de las misivas tienen por objeto recabar mi opinión sobre asuntos profesionales. Suelo ser educado con esta clase de individuos, pero solamente un poquito, porque tengo que confesar que a algunos los he mandado directamente a la mierda.

Últimamente no son pocas las repuestas que he tenido que ofrecer sobre mi parecer respecto a que los agentes de la autoridad puedan disponer de armas largas, sin distinción alguna entre cuerpos. Esto genera muchísima controversia. Da pie a guerras internas en las propias fuerzas de seguridad (en todas). El mal está dentro del propio colectivo. Aquí, en este sector y solo en este caso, perro sí como perro. Somos malos e hijos de puta para nosotros mismos. A ver, todos los cuerpos locales no poseen o pueden poseer armas largas de dotación, puesto que esto lo regula a nivel autonómico cada región, mediante las leyes de coordinación de policías locales (existen 19 normas marco de este perfil). Según a qué comunidad autónoma nos asomemos, veremos o no escopetas, carabinas o fusiles, en manos de los municipales.

En el colectivo local, como en el resto, porque a esto que voy a decir no escapa color alguno, hay muchos agentes que preferirían llevar en la cintura un patito de goma en vez de una pistola, por lo que plantearles la necesidad de dotarlos de armamento largo supondría recibir un salivazo en la cara, amén de una campaña de desprestigio. Ahora bien, aunque abogo en aras de que los agentes dependientes de las corporaciones locales puedan contar con escopetas y cosas de esas, es más verdad que no quiero que ninguna administración invierta en este material, si antes no ha instruido abundantemente a su gente en el manejo de la herramienta principal: la pistola o el revólver.

Pienso que mientras sigan pululando por ahí miles de policías sin saber manejar sus armas cortas, más que de modo básico y encima con más miedo que siete viejas juntas, es una estéril y peligrosa pérdida de tiempo comprarles otro tipo de instrumentos de fuego. Eso sí, con ellos en los armeros todos los estamentos venden una maravillosa imagen pública que te cagas. De nivelazo. Menudas panoplias tienen algunos. ¡Joder! Se fotografían con los G36, con las escopetas y con los Cetme, hasta los que no sabe ni desactivar el seguro manual de sus pistolas. Los mismos que se mofan de sus compañeros operativos, se hacen fotos fantasmas fusil en mano, cuando creen que nadie los está mirando.

Qué pena más grande me dan aquellas instituciones que cuentan en sus arsenales con abundante y variado material de este tipo, sin que ni la mitad de la peña sepa sacarle partido. Algunos, que no son precisamente pocos, sufren pánico al rozar con la mano la empuñadura de la pistola, así que no cuento qué sienten cuando a veces, muy a veces, son obligados a pegar cuatro tiros de risa con la escopeta en la galería. Leches, me consta que hay tantos por cientos muy elevados de plantillas que se niegan a trabajar con las escopetas y los fusiles en el interior de los vehículos, por desconfianza en sí mismos. ¡Qué nivelito, Dios! Pero claro, y sé que voy a recibir hostias hasta en el carné de identidad: esto es lo que sucede cuando a uno le hacen conocer, que no comprender, el manejo infrabásico académico (nivel párvulo) de una cosa, para luego jamás volver a verla. Estas ásperas interioridades se niegan, se ocultan y se camuflan cara al alto mando y, sobre todo, cara a la opinión pública. Pero ojo, los jefes lo saben, digo que si lo saben, aunque nieguen la mayor y públicamente vendan lo contario.

Sí, hombre, claro que en todas las unidades hay personal cualificado e incluso altísimamente cualificado, pero estos policías son los menos. En cualquier caso, soy de los que piensa que los que tienen que estar más entrenados y equipados no necesariamente tienen que ser los policías de los grupos especiales, que por supuesto también, sino los funcionarios de primera instancia e instrucción. Me refiero a los policías de urgencias. Hablo de los que te atienden en la calle, en una esquina cualquiera y a cualquier hora, cuando le dices: “¡Oiga, agente, por la calle de al lado va circulando un camión que está embistiendo y atropellando deliberadamente a cientos de personas!”. ¿Les suena lo sucedido en Niza (Francia), el Día de la Toma de la Bastilla…? Porque sí, coño ya, porque estos policías, los de la porrita, la radio y la pistolita, son los que se encuentran las situaciones más feas, delicadas y urgentes, sean del cuerpo que sean. Son los primeros en intervenir, sin que casi nunca les sea posible pedir apoyo a los Hombres de Harrelson. Son los que no disfrutan de tiempo para tomar muchas decisiones. Esta gente es la que resuelve sobre la marcha. Estos son, también, los peor entrenados y dotados. Sin embargo, siempre están ahí, hasta cuando algunos quieren escurrir el bulto echando balones fuera.

¿Queremos médicos de urgencias que no tengan la posibilidad material de hacer una traqueotomía de emergencia, porque en cuestión de horas puede acudir un cirujano especializado? ¡Ea! Pues meditemos sobre ello, aplicándonos el cuento.

Este artículo no quiere alzar nuevamente la pancarta del ‘sí a las armas largas’, dado que, como siempre digo, si en clase no nos enseñan correctamente a hacer los copiados, cómo carajo vamos a hacer una redacción decente; o sea, que si no sé utilizar con rapidez, seguridad y eficacia la pistola, que es lo que llevo encima todo el rato, cómo demonios voy a colgarme del cuello un fusil de asalto, por chulo que este sea.

Con estos párrafos quiero decir, una vez más, que con una simple pistola bien utilizada y con dos o tres cargadores encima, se puede ser muy pero que muy resolutivo si se mezclan, en la debida proporción, buenas dosis de valor y adiestramiento. En Niza, como fehacientemente se ha podido comprobar, fueron agentes corrientes y molientes, de los que cortan las calles los días de feria y carnaval, los que eliminaron la amenaza, pipa en ristre. Dicen que un funcionario gabacho se encaramó a la cabina del camión y vació un cargador contra el conductor, acabando así con su miserable y repugnante existencia. Ven cuánto se puede hacer, con tan poco. Eso sí, qué bien hubiese venido tener por allí, a mano, un cacharro de mayor potencia de  fuego, aunque hubiese sido un viejo MAT-49, aquel característico subfusil galo de la empuñadura y del brocal del cargador plegables.

Mis palabras, como casi siempre, no proponen ejercicios concretos de entrenamiento. Únicamente pretenden llegar a algunas personas para que, si tienen capacidad de comprensión lectora, se quiten las orejeras de lana y las gafas de madera de una vez por todas, a riesgo de que vuelvan a mandarme a tomar por el anillo de cuero.


Para acabar, y aunque parezca propio de un capítulo de la teleserie “Los hombre de Paco”, tengo que decir que es una broma de muy mal gusto instruir a los policías en el manejo de la escopeta utilizando, exclusivamente, cartuchos de proyección (fogueo o salvas) y proyectándoles vídeos e imágenes fijas en pantallas gigantes. Aunque parezca cachondeo de mi cosecha, esto está ocurriendo porque hay prebostes y gerifaltes que confían en este sistema porque, como suelen decir cuando no hay micros en la costa pero sí moros acechándola, aquí nunca pasa nada. Cómo nos gusta cumplir lo justo, para cubrir expediente. Qué nuestro es eso de aparentar, en vez de ser. Cuánto Torrente suelto queda todavía.

lunes, 20 de junio de 2016

DE LA MESA A LA PUERTA: OTRA DE CUCHILLOS

Por, Ernesto Pérez Vera

Suele decirse que nunca pasa nada. Pero pasa, digo que si pasa. Este vídeo muestra, una vez más, escenas tomadas en Estados Unidos (EE.UU). Pero esto no significa que en España no sucedan cosas de esta índole. Lo que ocurre es, y esto es un dato objetivo, que la Policía de otros países cuenta con medios de grabación audiovisual adosados a la vestimenta de sus funcionarios o, como es el caso de la presente toma, a la cabeza mediante gafas. Efectivamente, si nuestros agentes de seguridad pudieran filmar todas las agresiones que sufren, y además la opinión pública tuviese acceso a ellas, todos dejaríamos de creernos las mil y una trolas que nos han colado, con calzador, en charlas, cursos y artículos de prensa durante décadas.


En esta ocasión, por suerte, todo acabó bien para ambas partes. Un agente de un departamento del sheriff, de uno de los cien condados de Carolina del Norte (EE.UU.), fue comisionado por su central de transmisiones al efecto de verificar una llamada que sugería la comisión de un presunto delito de malos tratos en el ámbito familiar. Algo que, como todos convendrán conmigo, principalmente quienes se dediquen a la seguridad pública, a lo judicial o a leer periódicos, forma parte del día a día de todo policía español que desempeñe su labor profesional en el campo de la seguridad ciudadana.

El recibimiento filmado es, digámoslo así, el más habitual. Nadie espera en la puerta de su domicilio, o en el de la parienta, con una pancarta confesando que es el malo de la película y que en unos segundos va a esgrimir un cuchillo contra la fuerza interviniente. Estamos, por tanto, ante una actuación que puede acabar de mil formas, la mitad de ellas buenas y la otra mitad malas. La sorpresa puede aparecer de muchas maneras, pero como seguro que nunca hará acto de presencia es con un megáfono haciendo públicas las intenciones criminales a materializar al instante siguiente. De esta guisa, y seguramente conociendo bien el percal y al propio denunciado, el funcionario que protagoniza la escena se aproxima a la casa con su pistola Taser empuñada y fuera de la funda.

No cabe duda de que la medida preventiva proporcionó su fruto, si bien en décimas de segundos el agente se vio, insisto que sin aviso expreso, delante de una dentellada de acero. Tan fabuloso documento pone de manifiesto que incluso portando la persona agredida un arma en las manos, rara vez podrán evitarse lesiones si quien desempeña el rol de criminal ha decidido en su mente matar y, además, ya ha ejecutado acciones en tal dirección y sentido. Aquí fue un arma de impulsos eléctricos la que el policía interpuso y disparó contra quien llegó a clavarle el cuchillo, pero de haberse tratado de una pistola convencional el resultado final hubiese sido el mismo, o incluso otro peor. El agente no tuvo que ser asistido por lesiones dado que la puñalada fue detenida, a la altura del tórax, por el chaleco de protección balística con el que cubría su tronco. Desconozco si esta prenda también estaba confeccionada para proteger al usuario frente a armas blancas, pero está claro que hasta un grueso abrigo de piel de oso frenaría, aunque fuera algo, la penetración del agudo metal.

Este enlace, por sí solito, ya manda abundantes mensajes a quienes lo quieran ver con avidez. A mayor listeza y predisposición a la autocrítica, mayor número de conclusiones podrán ser obtenidas tras su visionado. No obstante, a ver si puedo ayudar un poco a quienes no estén muy duchos en estas lides. Para ello me haré varias preguntas en voz alta, con autorespuestas incluidas. ¿Tienen todos los policías españoles un Taser en su cinturón de servicio? No, nanai de la China. Aquí tal vez solo el 10% lo posea, aunque muy posiblemente esté siendo excesivamente generoso en el cálculo porcentual.

Visto que la víctima llegó a ser tocada por el arma blanca, pese a haber disparado con rapidez y eficacia, ¿cómo hubiera acabado la intervención de no haberse hecho tan evidente ostentación de dicha herramienta de letalidad reducida? Posiblemente con sangre policial por el piso, no sé si también con muertos. Ante algo así, y sin un Taser encima o hasta con él en el cinto, ¿todos hubiésemos podido repeler el atentado sujetando la mano agresora, empujando el pecho del hostil para ganar distancia, apartando la hoja, golpeando la cara del delincuente, etc.? Pienso que muchos, tal vez, hubiéramos podido bloquear la mano ejecutora o yo qué sé, pero casi con total seguridad sin tiempo para evitar unas cuantas clavadas.

Sigo. ¿Hubiera detenido su ataque el malo de haber alimentado el policía la recámara de la pistola ante sus mismísimas narices? Estoy convencido de que no. Considero que cuando una persona ya está matando no hay ruidito de marras que le haga deponer su actitud, por más que muchos instructores, lamentablemente más de la cuenta, sigan vendiendo esta teoría de mierda. Es más, estoy casi seguro de que el sentido auditivo del acometedor no hubiera percibido el sonido de la obturación del cañón. Este individuo era un Homo sapiens que también, a buen seguro, había perdido capacidad de atención y de concentración; todo lo cual debió afectar a sus sentidos y, por ende, tuvo que verse mermado en sus posibilidades cognitivas y sensoriales.

Pero más convencido estoy, aún, de que a un policía de nivel medio de adiestramiento no le hubiese dado tiempo a desenfundar, montar, disparar y acertar en el objetivo. No, al menos, saliendo indemne de un encuentro de esta naturaleza. No hablo ya de tener que desactivar, también, el seguro manual de la pistola. Moraleja: hay que perderle el miedo al porte del cartucho en la recámara, llevando en reposo los mecanismos de disparo. Eso sí, hay que entrenar mucho y bien en esta condición de porte. ¿Seguro activado o desactivado? Para muchos, otro gran dilema. A esto podrían responder mejor que yo, por ejemplo y por desgracia, los dos protagonistas del capítulo 20 de En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados (editorial Tecnos).

Cuando alguien en su sano juicio se ve ante una cosa así, nada se puede hacer exactamente igual que en la galería de tiro. Estando muy entrenado, insisto en lo de muy, hay muchas más posibilidades de poder responder pronto y bien, pero tampoco me atrevo a garantizarlo en todos los casos. Nadie puede garantizarlo. Nadie. Sí podemos afirmar qué nos gustaría hacer o cómo creemos que habría que llevar a cabo aquello, esto y lo otro. Pero otra cosa muy diferente es el día de la verdad, ante algo totalmente inesperado y siempre violento y muy rápido. Eso sí, en estos casos toma valor el dicho “cuanto más entreno, más suerte tengo”.

No conviene olvidar que cuando la cosa se pone muy fea, en cuestión de un par de segundos podemos dejar de ser nosotros mismos, no pudiendo operar como dos segundos antes seguramente sí hubiésemos podido hacerlo. Lo fácil se torna difícil y lo complicado impracticable. Lo medianamente entrenado se puede llegar a ejecutar, pero es imposible llevar a término lo que nunca se ha practicado. Se me antoja harto inalcanzable, aunque suene a perogrullada, hacer aquello que no se sabe hacer.

Para momentos complejos, soluciones simples, así de sencillo. Esto, obviamente, no pasa por el abandono de las medidas de seguridad. Por tanto, vamos a dejarnos de polladas automáticas en vinagre, y estoy refiriéndome a esa cagada, peligrosa e involutiva funda del demonio, cuando lo que está en juego es la seguridad de tu hermano, de mi vecino, de tu hijo, de mi sobrina, de tu padre, de mi cuñado o la de tu compañero, por no decir la tuya misma, ¡capullo! Pide que te entrenen con seriedad y sin mentiras. Que no te engañen con más historias de película de sobremesa dominguera.

Si a estas alturas de la partida ya sabemos cómo responde el cuerpo humano ante situaciones de máximo estrés, basemos nuestros ejercicios de tiro en la conocida realidad psicofisiológica y evolutiva. Di sí a lo natural y no a las mamarrachadas de tinte holibudiense. Si sé cómo responde mi organismo por dentro, mejor podré prepararme para responder por fuera cuando llegue el momento. La concienciación y la mentalización son fundamentales. Piensa que puede llegar el día, medita sobre ello y créete que puedes hacerlo. Visualízate haciéndolo y estarás más cerca de lograrlo. Es vital que entrenes la verdad y que creas en ti.

viernes, 17 de junio de 2016

EL DÍA A DÍA, ANOCHE MISMO…

Por, Ernesto Pérez Vera

“¡¡¡Pitiklín…, pitiklín…!!!”.  

Suena el teléfono y lo descuelgo: “Hola, Ernesto. Buenas tardes. ¿Qué tal estás? Me acabo de levantar. Te llamo para ampliarte lo que te comenté hace un rato por guasap. Anoche pillé 45 gramos de cocaína, pero no pude detener al menda que los llevaba. Por suerte lo tenemos plenamente identificado, se trata del sobrino de un veterano de mi plantilla”.

“Pero lo que realmente quiero contarte es cómo se desarrolló parte de la intervención. Verás, el fulano echó a correr cuando estábamos identificándolo. Iban 3 pavos, y cuando ya estábamos a punto de cachear a este… se dio por patas el muy cabrón. Éramos 4 en el vehículo, emprendiendo la persecución a pie 2 de nosotros, mientras los demás permanecían con el resto de sospechosos. Eran guarros más que conocidos y habituales, y sabíamos que llevarían algo de coca y de hachís. La cosa es que nos pegamos una carrerita de casi 400 metros, yendo yo siempre más cerca del choro que mi compañero, que iba unos 20 metros por detrás de mí. Me abrí mucho en todas las esquinas, llevando todo el tiempo la defensa (porra) en la mano. Pero en una de ellas, digamos que en la última que tomamos, el hijoputa me estaba esperando con una navaja abierta. Creo que no me pinchó gracias a la  forma de afrontar los cruces: muy abierto y, por supuesto, no por la acera. Tan pronto vi la hoja de la navaja, que tampoco es que fuese excesivamente grande, porque calculo que tendría entre 10 y 12 centímetros, dejé caer la porra y saqué la pistola dando un respingo hacia atrás. Lo encañoné a una mano, mientras que con la otra extraía del cinturón la linterna. Como si estuviese poseso, me puse a pegarle gritos que tal vez ni yo mismo hubiese entendido. Venía a decirle, muy repetidamente, que soltara la navaja. Fue todo muy rápido, pero nada más terminar y ponerme a pensar en ello… todo me parecía haberlo vivido a cámara lenta. Tengo grabada en mi retina la cara de palidez del guarro. Parecía como si el careto se le hubiese descolgado, aunque también habría que haber visto mi rostro... Este, sin duda, no esperaba verse delante de una pistola”.

“Pero nada, Ernesto, no soltó la navaja, sino que inició una nueva pateada. Pese a que seguimos detrás de él, lo perdimos de vista a los pocos segundos. Mi ánimo, seguramente, ya no estaba para más sobresaltos. Por cierto, mi sudor olía diferente y repugnantemente. Recuperamos la bolsa con el polvo, pero tengo que reconocer que fue mi binomio el que la encontró. Yo solo tenía ojos para la navaja, que aunque ya no estaba ante mí… seguía en mi pensamiento. Más tarde, cuando regresamos al punto de partida, donde todavía estaban los demás puercos y el resto de policías, mi compañero me dijo que seguía flipando con el modo en que me había abierto en las esquinas, asegurando que a él, de haberle pillado en cabeza de la persecución, le hubiese metido alguna mojá”.

“Pero sabes qué, Ernesto, que por fin los compañeros admiten la ventaja que supone portar el arma preparada con un cartucho en la recámara. Entre ellos, que siempre llevan la recámara vacía, además del seguro manual activado, empezaron a debatir sobre cómo hubieran manipulado la corredera si en la otra mano hubiesen llevado la linterna, la defensa o el radiotransmisor. Jamás se habían planteado cómo efectuar una sencilla transición de emergencia, o si sus fundas son las más adecuadas. Pero aun así y todo, 2 pagas muertas de esos que se sacaron la plaza pensando en vivir del cuento, aparecieron por allí y se mofaron de nosotros porque: ‘A quién se le ocurre salir detrás de un tío, y encima por la noche’. Fíjate, Ernesto, uno de estos asquerosos es mando y jefe de turno, además de borracho y baboso, habiendo sido siempre igual de miserable, incompetente y mugroso”.

Tras pronunciarme varias veces al hilo de lo que estaba oyéndole a mi interlocutor, lo felicité, lo insté a seguir en la misma línea… y colgué el teléfono.

Precisamente, de todo esto trata “EN LA LÍNEA DE FUEGO: LA REALIDAD DE LOS ENFRENTAMIENTOS ARMADOS” (editorial Tecnos. Grupo Anaya), solo que para este libro se han recopilado 30 amplísimas entrevistas de policías como el del artículo que acabas de leer. Un total de 22 capítulos en los que a veces los funcionarios sí resultaron heridos a puñaladas, como también ellos dispararon y mataron o hirieron a sus atacantes. Insisto, la obra presenta casos reales como este que acabas de leer. Todo “made in Spain”. Todo ha sucedido en tu ciudad, en la de al lado o en la de un poco más allá. Y todo se produjo mientras dormías plácidamente en tu casa, o mientras dejabas a tu hija en el colegio, o mientras comprabas en la tienda de enfrente del banco que estaban atracando.